Diálogo del desasosiego en las HD II

El soneto de Ariosto

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Domenico Fiormonte: Continuando nuestra conversación y añadiendo otro hilo al diálogo: leyendo los programas de las conferencias sobre “HD globales” que se celebran en el Norte, me pregunto, ¿Porque la mayoría de los proyectos que tienen visibilidad en estas ocasiones son sobre el Sur, y no desde y para el Sur?

Es exactamente reflexionando sobre estos temas que toma forma en mi cabeza una idea distinta de HD (a mi me gusta llamarlas HD del Sur, siguiendo a Boaventura Do Santos y otros): HD del Sur no sería utilizar las herramientas digitales para promover y “rescatar” recursos, culturas, idiomas, etc. de otras partes del mundo que no sean EE.UU. y Europa; eso es importante y útil, pero dentro de un marco geopolítico dominado por las Cinco Amenazantes (parece una película de superhéroes), sus aplicaciones y sus estándares (incluso el “abierto” HTML está prácticamente dominado por ellas), está claro que el impacto de estos proyectos es limitado (el famoso “nicho”). El papel del humanista ya no es sencillamente lo de transmitir la memoria (= digitalizar), sino de defenderla. La gran y quizás algo escalofriante pregunta es: ¿podemos defender y preservar nuestras culturas a través de la digitalización? Francamente no tengo una respuesta.

A veces se encuentran excepciones que me me dejan impresionado, como el proyecto Colonial Frontier Massacres in Eastern Australia, , Pero exactamente porque excepciones como esta generan un enorme impacto emotivo,parece que la tendencia actual es hacia la eliminación y homogeneización de las diversidades. Y el papel del digital es, en el mejor de los casos, ambiguo… Al fin y al cabo, como recuerda Steve E. Jones en su trabajo sobre Busa, “the first humanities computing center received some funding directly from [a] Cold War project” .

Durante el Fascismo, el más famoso e influyente filósofo italiano, Benedetto Croce, es citado diciendo: “si può fare dell’antifascismo commentando un sonetto dell’Ariosto” (Se puede ser antifascista comentando un soneto de Ariosto). Esta frase es una especie de crux desperationis de todos los intelectuales (no sólamente italianos). Todos, en algún momento, frente a una injusticia, a un cambio político, a un revolución doméstica, tuvimos que pasar por las horcas caudinas de don Benedetto.

Básicamente, el filósofo idealista quería expresar la idea que cualquier trabajo intelectual, si es llevado a cabo con rigor y cuidado, es la única manera de resistir a la barbarie. No obstante la crítica feroz que hizo de Croce Antonio Gramsci, esta sigue siendo  una tentación muy fuerte para el intelectual, y toda la segunda mitad del siglo XX vio la representación de un conflicto entre los intelectuales “engagées” y los “integrados”. (Entre los Sartre y los Borges, pare escoger dos gigantes más distantes posibles…). Sin embargo hoy esta dialéctica desapareció y no tiene ya razón de existir . Y la razón es que todos los medios de la producción intelectual independientes desaparecieron. Lo que queda  son muchas pequeñas editoriales cuyo único objetivo es mantener en vida los sobrevivientes lectores y productores de textos escritos. Es decir, la digitalización ya no se puede considerar simplemente una profunda transformación del conocimiento, como pensábamos en la década de oro del Web, sino una desaparición completa del conocimiento como lo hemos considerado hasta hoy. Ya somos consumidores como otros, y a los intelectuales les queda solo añadir más clicks (=datos) al negocio de Facebook. La cantidad de datos disponibles está creando una especie de modelo material del Akasha. El Akasha para los hindúes es “el fundamento y la esencia de todas las cosas en el mundo material”, pero el concepto fue trabajado extendidamente por Rudolph Steiner y otros teósofos, que hablan de algo llamado “biblioteca akáshica” y “registros akáshicos”, es decir el lugar donde reside toda el conocimiento pasado, presente y futuro. Si bien rechazado por todas las religiones implicadas (cristianismo, hinduismo, etc.), parece que hoy las más atrevidas metáforas de la teosofía y de otras disciplinas esotéricas se están cumpliendo ante nuestros ojos. Los algoritmos de Facebook o de Google no solo crean nuestra realidad: ellos crean a nosotros mismos (ver el episodio de Black Mirror Be right back), y prediciendo nuestros comportamientos, construyen nuestro futuro antes que nosotros mismos lo concebimos.

Pero volviendo a lo nuestro, ¿cuál es la diferencia entre los tiempos de don Benedetto y hoy?

La diferencia es que la digitalización absorbió nuestras capacidades (activas y pasivas) de generar discursos. Todos los discursos: presentes, pasados, futuros. Croce podía comentar un soneto del Ariosto porque su trabajo intelectual estaba enmarcado en un sistema de valores que, a pesar del Fascismo, tarde o temprano habría podido generar sus frutos. Nosotros no solamente perdimos ese contexto (eso lo tuvimos claro desde los Noventa), pero gracias a la digitalización masiva nos hemos entregado a un sistema que alimenta a un monstruo. Ese monstruo somos tu y yo, y somos datos, no somos discursos. Nuestro comentario sobre los sonetos del Ariosto aparecerá dentro de un ebook, dentro de una página web, dentro un post Facebook, dentro de… la próxima plataforma digital. Y el destino de ese “discurso” lo decidirán los algoritmos y los advertisers. Son ellos los dueños de los contenidos.

Estos tipos de asuntos deberían discutirse más en los círculos globales de las HD. Si es que tenga todavía sentido hablar de humanidades en un contexto donde no solo la política depende del código, sino es el segundo a generar la primera. El código no está en la política, el código es política. Por qué las decisiones sobre el código tienen un efecto político. Es decir, el código no se limita a afectar el conocimiento, la sociedad, la cultura, la economía, etc. El código actúa en el presente. Es un movimiento, es una dinámica, un proceso, una relación que incide y se refleja de forma inmediata en las conciencias de los individuos. Desde Platón sabemos que hay una estrecha relación entre el poder, la formación de la opinión pública y los medios de comunicación. Fue Marshall McLuhan que reflexionó sobre el papel político y ideológico de los medios de comunicación globales (especialmente la televisión). Antes de McLuhan, otro canadiense, Harold Innis, analizó los medios desde el punto de vista del espacio y del tiempo: hay medios que se expanden en el tiempo y otros que dominan el espacio. El código digital domina ambas dimensiones. Y como me preguntaba en mi artículo “todavía hace sentido investigar los instrumentos de producción y preservación de la memoria y el conocimiento cuando nosotros ya no tenemos ningún control sobre ellos?” Entonces, si las humanidades digitales no se enfrentarán con la política, se convertirán en meras consumidoras de tecnologías. La resistencia a controlar la sociedad es una actividad política y probablemente necesita ser dirigida a través de un nuevo paradigma.

Autores: Ernesto Priani Saisó y Domenico Fiormonte

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