Laboratorios ciudadanos: repensar la universidad y las Humanidades Digitales

Virginia Brussa y Paola Ricaurte

Introducción

Frente a los cuestionamientos sobre la labor de las universidades, el sentido de la producción académica y su vinculación con los problemas sociales, creemos que es necesario reflexionar sobre algunas problemáticas que consideramos relevantes: por una parte, la necesidad de replantearnos el papel (y la estructura administrativa) de las instituciones educativas para que den respuestas a los problemas sociales desde nuevas aproximaciones; por otra, transformar los sistemas de producción de conocimiento; y por último, reflexionar sobre el lugar de las humanidades en la actual coyuntura.

Este texto tiene como propósito ofrecer un panorama sobre los laboratorios ciudadanos como a) un modelo de transformación institucional; b) una estrategia que permite repensar la producción de conocimiento desde la academia; y c) una apuesta para promover visiones alternativas sobre el trabajo de los académicos en las humanidades (digitales).

Laboratorios ciudadanos

Los laboratorios ciudadanos se conciben como espacios abiertos para desplegar la capacidad innovadora de la ciudadanía (Innovación Ciudadana, 2013). Sangüesa (2014) realiza una genealogía sobre las diferentes modalidades de laboratorios introduciendo un aspecto relevante a tener en cuenta para su desarrollo en una ciudad, en una universidad: es la capacidad democratizadora que pueden impulsar estos espacios en sus diferentes formas. 

La primera variable importante de remarcar entre los distintos modelos es que a diferencia del paradigma sobre innovación (abierta) que subyace a los living labs de tinte europeo clásico, los laboratorios ciudadanos iberoamericanos proponen definir una innovación de fuente ciudadana entendida como “la participación activa de ciudadanos en iniciativas innovadoras que buscan transformar la realidad social, a fin de alcanzar una mayor inclusión social” :

Dado que la innovación ciudadana es un proceso de creación desde abajo hacia arriba (bottom-up), es decir, surge desde la base ciudadana de forma bastante autónoma en relación a las instituciones gubernamentales, es importante que el rol de los gobiernos sea el de sumarse al proceso de comunidades de práctica, herramientas u otras plataformas que estén generando IC, a fin de colaborar e impulsar, procurando no apropiarse o liderar estos procesos que por su naturaleza son participativos y horizontales. (Carta XXIII Cumbre Iberoamericana, 2013).

Esta distinción es crucial para distinguir los laboratorios de innovación social en general, de los laboratorios que pueden asumirse como ciudadanos: es decir, donde los procesos son originados, definidos y gestionados por las comunidades.

Laboratorios ciudadanos versión iberoamericana

El área de Innovación Ciudadana de la Secretaría General Iberoamericana y el Medialab-Prado en 2013 coordinaron la redacción abierta y colaborativa de un texto que sentó las bases de una nueva propuesta de laboratorios ciudadanos que revitalizan la capacidad democratizadora como elemento fundamental. Se fortalece la injerencia del ciudadano proactivo en su propuesta de crear como estrategia regional con carácter global laboratorios ciudadanos como espacios de innovación ciudadana diciendo que:

Son espacios en los que las personas con distintos conocimientos, habilidades y distintos grados de especialización académica y/o práctica se reúnen para desarrollar proyectos juntos. Espacios que exploran las formas de experimentación y aprendizaje colaborativo que han surgido de las redes digitales para impulsar procesos de innovación ciudadana. (Laboratorios Ciudadanos, 2014, p. 2).

En la carta presentada a los Jefes de Estado en la Cumbre de Panamá (2013) se recalca la premisa de ser espacios distintos a las instituciones públicas clásicas, haciendo alusión también a la universidad, ya que no es una reunión de expertos, no tienen como objetivo solamente el acceso o difusión de iniciativas de ciudadanos o colectivos, sino que apuntan a la intervención de los individuos (usuarios-participantes-agentes) en todo el proceso creativo.

En ese sentido, es que consideramos estos labs como modelos a seguir tanto para pensar la universidad como para el campo de las Humanidades Digitales. Se abren con ello, dos ejes de discusión, uno al interior de la institución, y otra frente al quehacer de las HD en Iberoamérica.

La universidad, las humanidades y el laboratorio

Mientras el mundo se mueve de manera vertiginosa, las universidades han transformado poco las lógicas de operación y la estructura organizacional heredadas del medioevo. Sin embargo, en algunas instituciones se está replanteando la refundación del modelo de universidad que necesitamos para la realidad contemporánea. Las apuestas más disruptivas proponen universidades sin infraestructura, universidades sin currículum o universidades en las que la cooperación para la solución de problemas es el eje que guía el aprendizaje. A pesar de ello, siguen siendo escasas las propuestas que desde la estructura académica, la administración o las formas de validación, rompan con los modelos dominantes de producción de conocimiento.

Las nuevas modalidades de democratización de la tecnología y conocimiento en laboratorios y los elementos propios de los mismos el prototipado son relevantes en un contexto de transdisciplinariedad, de emergencia de nuevos métodos de investigación, de la era de la abundancia en las ciencias sociales (Venturini y Latour , 2010).

Las Humanidades y Ciencias Sociales Digitales construyen un puente y abren el debate a partir de la profundización de la incidencia de los “métodos digitales de investigación” en relación a cómo introducir lo computacional-digital en los procesos académicos y nuevos objetos de estudio en su fase más próxima. 

Inevitablemente, nuevos objetos digitales requieren transformaciones en la forma en que nos aproximamos a ellos. Necesitan de la experimentación directa y permiten la consideración del prototipado como práctica complementaria a la producción académica clásica. El estado beta, de cambio continuo e inherente, es inherente no sólo a la realidad que estamos llamados a transformar, sino a la tecnología como objeto y herramienta.

En consecuencia, es necesario ampliar la actividad propia de la academia hacia la cultura de la producción y el compromiso para encaminarnos hacia la cultura del prototipado extendido tal como explicita Lafuente (2010) en su texto “Taller de Prototipado”. En ese sentido Lafuente aboga por “la necesidad de ampliar el concepto de prototipo para que no sólo abarque el diseño de objetos, sino también el de servicios, instituciones y redes”. La universidad como institución quedaría implicada en esta tarea de fortalecer modos abiertos de producción.

El presente de las humanidades (digitales)

Mignolo (2003) insiste en la necesidad de recuperar la razón crítica de las humanidades digitales (Ricaurte, 2014). En la experiencia mexicana, los proyectos que se han impulsado desde la Red de Humanidades Digitales han tenido que implicarse en la transformación institucional para que les den cabida y legitimación, y a la par trabajar en el desarrollo de una cultura digital a nivel institucional -y también a nivel de la comunidad- que vaya más allá de la apropiación tecnológica. Este esfuerzo ha abonado a la cultura de la colaboración, la interdisciplina y la tendencia hacia lo abierto. Sin embargo, queda aún pendiente abordar de manera más explícita las implicaciones y los efectos socioculturales que se derivan del desarrollo de los proyectos, las formas emergentes de producir y difundir conocimiento, la innovación institucional, educativa y social. 

Diversas experiencias en Iberoamérica demuestran que existen posibilidades para impulsar laboratorios que permitan cumplir tanto con la necesidad de renovación institucional y la reconfiguración del sistema de producción de conocimiento, así como con la urgencia de volcar la academia hacia las comunidades e imaginar las posibilidades de las humanidades en este proceso. 

Por esta razón, consideramos que los laboratorios ciudadanos como instancia culmen de la democratización de la producción, impulsados desde la academia y, en particular, desde el campo de las humanidades digitales, pueden servir como una plataforma útil para alcanzar estos objetivos.

Conclusión

A través de este ejercicio de reflexión buscamos argumentar que los laboratorios ciudadanos son plataformas que permiten habilitar procesos creativos y productivos para la transformación social e institucional. No hay un modelo ni formato único de laboratorio. Sin embargo, consideramos que desde las universidades es importante rescatar la vocación de experimentación propia de la innovación y la generación de conocimiento para transformar la cultura académica, el entorno y las comunidades. Las humanidades tienen una oportunidad invaluable de incidencia en este proceso.

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