Durante los últimos dos años un grupo de investigadores en México, cuyo líder fue la Dr. Isabel Galina del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, estuvo desarrollando el proyecto Intercambios oceánicos (OcEx) otuvo financiamiento de la Convocatroria Digg in to the data (2017). 

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Un proyecto que reunió a investigadores de distintas disciplinas de nueve universidades de Estados Unidos, México, Alemania, Países Bajos, Finlandia y Reino Unido, para analizar patrones de flujo de información en periódicos de todo el mundo, por medio del uso de métodos computacionales para conectar hemerotecas digitalizadas y proveer de herramientas para su estudio. 

En México, el proyecto permitió reunir a un pequeño grupo de investigadores, al que se incorporaron estudiantes de doctorado, maestría  y licenciatura. En esta entrada presentamos la reflexiones que la Mtra. Rocío Castellanos Rueda sobre su participación en el proyecto. 

Acercarse a la orilla de las Humanides Digitales 

Rocío Castellanos Rueda

He visto demasiados periódicos, años de hojear y hojear viejos diarios, el por qué o para qué ha variado con el tiempo, al principio porque pensaba encontrar las voces de los legisladores de Santander para 1857, después cuando buscaba rastros de personajes entre Colombia y Venezuela, intentaba hallar registros de una Gran Colombia envuelta en conspiraciones, tensiones, vueltas y revueltas como diría Archila en uno de sus libros. Años de periódicos, un océano de páginas entre manos, hambrientas investigaciones, pero una misma limitación, qué hacer con tantas ediciones, cómo enfrentar una montaña de diarios si apenas puedo ver o abarcar unos cuantos, con el corto aliento impuesto por los límites de las tesis, los artículos o el tiempo de curiosidades. Muchos historiadores llevamos años de investigaciones donde el acervo a consultar es tan grande que solo soñar estudiarlo nos permite mantener el ánimo, aunque en realidad sepamos bien las pocas opciones para leerlo o si quiera saber qué contienen sus páginas, al final, el océano de papeles da miedo, pero más miedo da abandonarlo. 

Recuerdo charlas donde divagamos algunos colegas sobre qué hacer para al menos acceder a estos fondos poco accesibles, por tiempo, lugar o institución, recuerdo haberle invitado café al encargado del archivo de la universidad para convencerlo que me permitiera digitalizar todo un periódico, buscar un viejo escáner para hoja oficio y comenzar tarde tras tarde a convertirlo por primera vez en una imagen jpg, comprar torres de cd donde almacenar porque el archivo no me permitía guardar en sus computadoras, y ver solo hasta el final, el espectacular asombro de los directivos cuando vieron toda la Gaceta digitalizada por una inexperta estudiante de pregrado. Para cuando los estudiantes de la Escuela supieron, la búsqueda de los cd era toda una hazaña, el archivo decidió no dejarla copiar y me convertí en la más buscada por los tesistas de mi generación, finalmente, la influencia de la Escuela por vernos escribir sobre historia política era una realidad, escribíamos de eso para no dejar de estar, porque si sigues el argumento no morirás en el examen de grado, bueno, así eran las cosas. 

Espero no desesperar con mi relato, puedo asegurar que quienes en calidad de historiadores nos hemos acercado a la orilla de las Humanidades Digitales lo hemos hecho, al menos una primera vez, porque de una u otra forma hemos vivido la ansiedad de una fuente indomable, una prensa que no deja de reproducirse y unas limitaciones burocráticas tan fuertes para empujarnos a medidas desesperadas, fotografiar, escanear, pagar por imágenes, etc…ahí pisando los talones a ingenieros y programadores, archivólogos y bibliotecólogos, todos ellos poseedores de herramientas y organización para no morir ahogados entre tantas fuentes. 

En fin, he sido afortunada, en mi profesión he trabajado en magníficos proyectos en varios países, aunque la mayoría con acervos destrozados, a punto de desmoronarse, húmedos, llenos de ácaros, “distribuidos” en distintos lugares fuera del archivo, despreciados por instituciones, quemados y hasta tirados. Pero también he visto hermosos proyectos hacerse realidad, la digitalización de los archivos en distintas ciudades me ha maravillado, puedo expresar sin temor a ruborizarme que he dedicado horas solo a explorar, por curiosidad, estos trabajos de rescate de documentos. 

En este ir y venir entre los acervos digitalizados, surgió la idea, como tantas otras personas, desde mi butaca como latinoamericana, de comenzar a compartir hallazgos de estos fondos en una red social como Twitter, una cuenta abierta para en pocos caracteres mostrar lo que arbitrariamente (todos lo hacemos, qué voy a decirles sobre esto) libros digitales, periódicos, imágenes y muchas cosas más, con el único objetivo de señalar acervos, porque sé bien que muchos de mis colegas jóvenes aún no conocían estas bibliotecas virtuales, porque muchos de los historiadores, mayores me atrevería a decir, veían en los buscadores barreras para acceder justo a los documentos deseados a lo largo de sus investigaciones, porque visitar la biblioteca de México, Chile o Francia nunca antes fue tan fácil, así de fundamental es esto en nuestro oficio. En cierto sentido, este ejercicio social ha servido para conocer múltiples temas de otros historiadores, así también asistir al estallido de conexiones sociales, como las redes fluorescentes que se encienden mientras caminas de un punto a otro, de esta forma he conocido a muchas personas, y precisamente, una de estas, a quien aún no he tenido el gusto de conocer de viva voz, fue quien me recomendó para trabajar en el proyecto de Intercambios Oceánicos, así de asombroso puede en ocasiones ser el escenario virtual que establecen las redes. 

Con esta carga de emociones, de tantos años entre archivos, con mi formación de historiadora llegué finalmente al proyecto de Intercambios Oceánicos sin una idea clara de qué eran las Humanidades Digitales, a una mesa donde filósofos, bibliotecóloga, programadores e historiadoras nos cuestionamos vez tras vez cómo ejecutar nuestros objetivos desde el núcleo de una institución que avanza a pasos cortos en tiempos largos pero que goza de uno de los más importantes, valiosos e invaluables acervos documentales de toda Latinoamérica. Agradezco la paciencia de mis compañeros de equipo, la mayoría con mucha experiencia en HD, con líneas clara por dónde comenzar y el entusiasmo de enseñar, porque seamos honestos, he aprendido mucho más de ellos, que ellos de mí. 

Vaya si ha sido fascinante entender y aprender desde qué es un OCR hasta las redes de comunicación establecidas por la prensa del siglo XIX mexicano, desde el valor de cada letra en un telegrama hasta la formación y tendido de las redes de cableado del telégrafo en el México de finales de siglo XIX y principios del XX. He navegado entre México, Cuba, Francia, España y Alemania, por mencionar algunos de los puntos donde las noticias tanto mexicanas como extranjeras rebotaron para ser leídas por quienes a penas alcanzaban a saber dónde estaba México en la geografía mundial o dónde estaba Krakatoa en el imaginario nacional. Entonces, digo navegar porque la metodología elegida por el proyecto fue, a mi parecer, la más acertada para comprender las dimensiones e importancia de para qué iba a servir nuestro trabajo y por qué es vital las humanidades digitales en este momento histórico de nuestros desarrollos académicos. Fíjense, de la montaña de periódicos viejos pasamos a la multiplicación de carpetas digitales cargadas de megas de información, por supuesto, cambiamos las limitantes del documento físico por las demandas de un archivo digital (al final, son básicamente las mismas), es decir, cómo procesar, organizar, leer, fichar, trabajar, diagramar y presentar la información para un texto propio. 

El proyecto entonces propuso el reto de usar Casos de Estudio: la erupción de un volcán en la isla de Krakatoa, La guerra hispanoamericana en 1898, el fusilmento de Maximiliano en México, por dar algunos ejemplos. De esta forma, poner en práctica estas herramientas y todo cuanto se ocurriera desarrollar en el camino para abordar enormes repositorios documentales, hablamos de siete bases de datos que componen el proyecto de Intercambios Oceánicos, una conversación virtual posible de mantener aunque por momentos se hicieran visibles las ventajas, desventajas, cuidados y avances de cada uno de estos fondos, según fuera el caso, intercambios donde México ha sabido dar una inteligente correspondencia y réplica. 

Así pues, mi participación en este espacio académico solo ha dejado estupendos avances, siento cómo se encendieron suficientes luces del oscuro cuarto donde estaban mis dudas al momento de afrontar extensos corpus cargados de celdas, datos, nombres, descripciones que pensaba incontrolables, aplicar programas para dar forma a mis sueños de rastrear noticias sin importar el punto de origen, gráficas y mapas para explicar mejor las conexiones de una presa del siglo XIX presurosa por multiplicarse al límite de establecer varias imprentas en la ciudad de México, cada una tan particular como una pieza en el ajedrez de la política nacional. 

Para finalizar, quiero dejar al lector de estas palabras mi satisfacción y felicidad, porqué no decirlo, de haber participado en Intercambios Oceánicos, por la oportunidad que tengo ahora para reproducir todo este conocimiento en mis círculos académicos, en estudiantes y colegas que aún se preguntan, con temor, cómo evitar que la historia, las humanidades desaparezcan del interés burocrático o peor aún, del interés social. A quien guste acercarse a ver los resultados de este proyecto hallará rutas fáciles de comprender, palabras normales en programas digitales fascinantes para desarrollar sus propias investigaciones, conocerá de los más de ocho millones de imágenes que contienen los fondos de la Hemeroteca Nacional Digital de México y sabrá ver las múltiples ventanas y ventajas abiertas ya, por otros, con la suficiente cabida para preguntar y experimentar qué más queremos conocer sobre nuestra historia.