Como decía Walter Benjamin…

Con lo banal, al abrazarlo, abrazábamos lo bueno, que se halla (¡abre los ojos!) justo enfrente de ti.
Walter Benjamin. Onirokitsch

Nosotros podemos hoy acercarnos un poco más a evaluar las relaciones que pueden presentarse entre el pensamiento de un filósofo y los espacios públicos que no son los académicos o de expertos. Si bien la relación filosofía/periódico ya ha sido elaborada -en sentido negativo para la primera por parte de Friedrich Nietzsche, Karl Klaus y otros pensadores, en sentido ambiguo por Karl Marx, o en sentido positivo por Walter Benjamin-, la relación filosofía/medios digitales aún ha sido poco trabajada. Pero valdría pensar esa relación no en el sentido de cómo los medios digitales difunden o no los proyectos, la hondura, rigor o las finalidades del ejercicio de pensamiento filosófico. Tampoco en ese sentido ilustrado kantiano en el que esperaba que cierta forma de publicar tuviera un efecto de contagio de civilización en la masa bárbara. Si no en un sentido un tanto político de la manera en como un pensamiento filosófico, las afirmaciones que tratan de expresarlo son usadas y reproducidas en un espacio donde el público es mayor del que tendría una publicación académica o un libro de una institución editorial. Dicho en forma de interrogación: ¿una afirmación hecha por un filósofo y tomada y reproducido en una entrada de un blog o de un artículo sobre la cuestión de la inmigración en el mundo que aparece en un periódico digital mantiene su poder filosófico? ¿La reproducción digital de una cita de un pensador en una red social o en una pequeña columna digital sirve para generar espacios de debate público? ¿Las frases de un pensador citadas y reproducidas digitalmente señalan la penetración que la filosofía ha tenido en un espacio público, como la filosofía hace mundo, como la filosofía aparece en espacios no académicos? Al menos hoy a nosotros nos es posible acercarnos a justipreciar la manera en que las frases entran y son usadas en espacios no especializados. Podemos contar y documentar las veces que aparecen usadas las frases del filósofo en espacios digitales.

Así, hoy al menos sabemos que los escritos de Walter Benjamin se nos ha convertido en lugares comunes. No hay día en que no aparezcan citados en los medios digitales. Sus textos son algo con lo que nos gusta dar noticia de nuestras vivencias, de nosotros mismos. Nos gusta pensarnos con ellos. Estamos llenos de ángeles impotentes, caídas auras y cuadros de Paul Klee. Las citas se mueve en un espacio de referencia. Esa referencia casi siempre se emplea crítica o descriptivamente. Lo cierto es que usamos la obra de Walter Benjamin.

Si diariamente recogiéramos las referencias al autor de las publicaciones digitales -casi dos al día- obtendríamos algo así, de 2012 a la fecha y al momento que escribo estas líneas, como 505 referencias –al 18 de junio de 2017. Se trata de artículos en periódicos -de opinión, de sociales, de invitaciones a exposiciones, entre otros- textos cortos sobre moda, sobre el amor, sobre como escribir, sobre espectáculos, entrevistas, entre otros. Siempre se cita su nombre, su muerte o se le usa como una referencia para aclarar, describir o explicar de lo que trata el texto: la crisis política, el estado de la tecnología o del arte, la singularidad de su pensamiento y su carácter premonitorio, entre otros temas. Se usan las frases de su obra como verdaderas muletillas o cantinelas:  “Dice Walter Benjamin…”, “Escribe Walter Benjamin…”, “Hay un cuadro de Paul Klee…”.

¿Qué relación es posible hacer entre esos usos de referencia en los medios digitales y la aparición editorial de su obra en español? La aparición editorial en español de la obra de Walter Benjamin se da en los años sesenta.¹ Si rastreamos un poco usando la herramienta digital de Google Ngram Viewer, y buscamos el término “Walter Benjamin”  en la base de libros digitalizados en español de 1960 a 2009 (ver Gráfica 1), encontramos un ascenso en la aparición de su nombre en publicaciones.

Gráfica 1. Aparición del nombre “Walter Benjamin” de 1960 a 2009 en la base de libros de N-gram viewer

Como se ve, existe desde los años sesenta, y posterior a su aparición editorial, un aumento constante de referencias o libros tratados de su obra. De nuevo, al menos en esta herramienta digital que busca y gráfica las referencias a su nombre en libros digitalizados por la acompaña Google, se puede ver una tendencia que se dispara y continua así desde la mitad de los años ochenta. Por otra parte, usando la herramienta de Google llamada Trends -que muestra en gráficas las tendencias en las búsquedas de términos en su buscador- se puede verificar un pequeño descenso de las búsquedas del nombre “Walter Benjamin” desde 2004 -primera fecha que la herramienta muestra- hasta 2016 (ver Gráfica 2).

Gráfica 2. Visualización de las búsquedas de 2004-2016 del nombre “Walter Benjamin” en Trends

Si es que se pudiera concluir algo rápidamente y de una manera fácil de estos rastreos digitales es que parece que han aumentado entre nosotros las referencias a su nombre y obra.

Y ahora, para mostrar un pequeño indicio del uso de Walter Benjamin y de sus escritos en espacios no académicos, copiemos varios fragmentos de textos digitales. Aquí importa menos la exactitud de la lectura propuesta que el hecho de que se le cite y use, de que se reproduzca el nombre y el trabajo de un filósofo en espacios digitales. Es decir, dejemos para otro momento la interpretación de sus usos y sólo verifiquemos y quizás justipreciemos que se le usa. He aquí los fragmentos:

Una mirada una vez más a Walter Benjamin.

Dice este autor: hay dos muertes en el genocidio, una muerte física de la víctima y una segunda muerte, la hermenéutica, que no es otra cosa que la banalización de lo que pasó, o sea, quitarle importancia. A poco que uno empieza a comprender la profundidad del análisis encuentra quizá la clave de bóveda de lo que se traen entre manos. Cuestionar la cifra es el primer paso para medir y pesar la magnitud del crimen. Para decirlo en buen romance: “después de todo no fueron tantos”. Aquí, una lectura funcional al objetivo. Aunque la cantidad es una discusión que carece absolutamente de importancia frente al horror del terrorismo de estado, no deja de ser utilizada. Vale aclarar, de todos modos, que tampoco es posible mensurar el número de víctimas, precisamente por la característica del plan de exterminio. (“La cifra”)

Fue Walter Benjamin quien, en El narrador, llamó la atención sobre el hecho de que al término de la Gran Guerra había comenzado un proceso que cuando él escribía (1936) aún no se había detenido: que la gente volvía enmudecida del campo de batalla; que en lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobrecidos. (Santos Juliá, “El lado oscuro del pasado”)

Walter Benjamin, un gran pensador del idealismo alemán, escribió “Ser feliz significa percibirse a sí mismo sin temor”. (Ofir Aboy García, “La conquista de la felicidad, ¿utopía?”)

O como lo identifica Walter Benjamin en su obra Kitsch onírico, glosa sobre el surrealismo: es el camino directo hacia la banalidad. (Marcos Roitman Rosenmann, “Adiós a la izquierda, bienvenido el kitsch político sí se puede”)

Esta ocasión fue el turno de los símbolos y los mensajes. “La historia la escriben los vencedores”, dice Walter Benjamin, George Orwell o Winston Churchill, dependiendo a quién se la atribuyamos. (Jon Sopel, “La estrategia detrás del último discurso de Barack Obama para defender su legado”)

La figura de Benjamin es central en el libro como reverberación con tesis de la historia que tienen que ver con cada capítulo. He escrito también un ensayo más político en lo que aporta Benjamin en la historia para la política, la memoria y lo social. Y aquí quería hacer un comentario afectivo a esas tesis de la historia. (Elisa Reche, “Miguel Ángel Hernández: ‘La vanguardia no llora’”)

Entre sus obras se cuentan una biografía del poeta Irako Seihaku, un libro de viajes que rastrea los pasos de Kafka, Celan y Walter Benjamin en Berlín, una compilación de cartas inclasificable y el libro de poemas ‘Kurumi no sen’i no tameni’ (‘Para el espíritu luchador de las nueces’). (“Contar historias, pensar el mundo”)

Walter Benjamin acuñó un concepto determinante para entender el siglo XX, el de la estetización de la política: los montajes visuales, auditivos, disciplinarios, luminosos, diseñados para provocar en las masas un estado de paroxismo histérico, una disposición para seguir el llamado de los líderes, aquellos que ahora sí conducirían a la nación a la grandeza y a la gloria que el destino les había deparado. (Eduardo Rabasa, “¡Las celebridades al poder!”)

La degradación del relato de boca en boca que Walter Benjamin anunciaba en “El narrador” parece haberse cumplido. Así, por rara paradoja, la actual tragedia es la ausencia de tragedia, provocada por la ilusión de que nada es imposible. (Sergio Zabalza, “Hoy sobran las acciones, pero faltan las palabras”)

Nuestro Benjamin no se parece a sus homólogos. Su estilo de escribir dista mucho de los estilos lógicos, compactos, eruditos que dicta la academia tradicional. En lugar de eso es metafórico, contundente, intempestivo, sarcástico. (Salvador Sánchez Pérez, “Que las cosas pueden ser diferentes”)

Lugares comunes para pensarnos y pensar nuestros problemas. Así parece usarse los escritos de un filósofo.

 

  1. Las primeras traducciones se deben a Héctor A. Murena a quien la Editorial SUR en 1967 le publicó Ensayos escogidos. Ya en los años setenta la editorial Taurus publicó las traducciones más leídas de Benjamin hasta el día de hoy, a cargo de Jesús Aguirre.

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