Cultura libre y la ética del procomún

@paolaricaurte

I believe it would be right for common sense  to revolt against the extreme claims made today  on behalf of intellectual property. 
Lawrence Lessig, Free Culture (2004)

 ¿De quién son las ideas? Aunque no lo parezca, en la actualidad la respuesta está vinculada a una serie de valores asociados con el principio de acumulación del capital en la sociedad del conocimiento. Las ideas se convierten en propiedad privada sobre la cual es necesario obtener la mayor plusvalía. El conocimiento, el conjunto de saberes de la humanidad, la tradición cultural, dejan de pertenecer al dominio público para convertirse en el fundamento del poder. Si hacemos un análisis más profundo, sería necesario preguntarnos, cada vez que se nos ocurre una idea, ¿no está acaso inspirada en otra idea, en algo que alguien más ha pensado, dicho, hecho previamente?

Las ideas no surgen del vacío, sino de un sedimento cultural que permite su florecimiento. La limitación en el acceso a ese sedimento cultural constituye un obstáculo para la creatividad, la trasferencia del conocimiento y la innovación tecnológica. Esta es la tesis básica que sostiene Lessig en su texto Cultura Libre: el trabajo creativo se construye sobre la base de la producción cultural del pasado.

El creador de las licencias Creative Commons y uno de los padres fundadores del movimiento por la cultura libre cuestiona cómo a través de leyes y tecnologías la sociedad puede fomentar o inhibir la posibilidad de que se recupere esa tradición.

Esa tradición es la manera en que se construye nuestra cultura […] Venimos de una tradición de cultura libre, no gratis, sino libre como en libertad de expresión, libre mercado, libre comercio, libre empresa, libre albedrío y elecciones libres. Una cultura libre apoya y protege a creadores e innovadores. Lo hace directamente por la concesión de derechos de propiedad intelectual. Pero lo hace también indirectamente limitando el alcance de estos derechos, para garantizar que los creadores posteriores e innovadores sean tan libres como sea posible del control del pasado. La cultura libre no es una cultura sin propiedad, al igual que un mercado libre no es un mercado en el que todo es gratis. Lo opuesto a una cultura libre es una cultura del permiso, una cultura en la cual los creadores logran crear solamente con el permiso de los poderosos o de los creadores del pasado. (Lessig, 2004)

Hablar de cultura libre implica tomar decisiones acerca de la necesidad crear entornos favorables para la amplia circulación de las ideas que a su vez fomente la producción creativa. Sin embargo, los gigantes corporativos aliados con los poderes políticos, utilizan la tecnología y las leyes para promover la restricción y el acaparamiento. Con un argumento distorsionado acerca de la protección de los derechos de autor, buscan el control sobre la obra más allá de las fronteras de lo imaginable.

Lo que es necesario entender es que la concentración de poder económico, político, mediático y cultural que limita la difusión de los productos culturales constituye la verdadera amenaza para la creatividad y la innovación. Lessig (Tabla 1) documenta cómo a lo largo del tiempo el poder del copyright se ha expandido considerablemente en cinco dimensiones fundamentales:

1. Duración: mientras que en 1790, fecha de origen del copyright, el término de los derechos de autor era de 14 años, renovable una sola vez, ahora resulta cercano a los doscientos años.

2. Ámbito de aplicación: la serie de derechos concedidos con la ley, su radio de acción. En 1790 hacía referencia a mapas, libros y cartas de navegación y no contemplaba obras derivadas.

3. Alcance: originalmente la ley regulaba a los editores, actualmente también regula a usuarios y autores

4. Control: es absoluto sobre la obra y sus derivados, definidos de manera amplia, de tal forma que cualquier transformación del original puede ser objeto de demanda por parte del titular de los derechos. El control del copyright se realiza bajo la fuerza de la regulación.

5. Concentración e integración: monopolio de industrias culturales, confluencia de industrias y sectores.

ÉPOCA FIN PUBLICAR TRANSFORMAR
1790 Comercial © Libre
No comercial Libre Libre
Fines S. XIX Comercial © ©
No comercial Libre Libre
1975 Comercial © ©
No comercial ©/Libre Libre
Hoy Comercial © ©
No comercial © ©

Tabla 1. La evolución del copyright. Adaptada de Lessig (2004, pp. 170-171)

¿Por qué el tema de la propiedad intelectual resulta tan sensible en la era de Internet? Porque más que en cualquier otra época de la historia, contamos con múltiples recursos tecnológicos para copiar, transformar y compartir productos culturales. Internet resulta una herramienta peligrosa para los monopolios culturales, puesto que tiende a expandir el dominio público. La potencialidad de Internet para la circulación de ideas se opone a la voluntad de los corporativos culturales de imponer más controles sobre lo que podemos hacer con la cultura.  El mapa (Figura 1) refleja los términos de duración de los derechos en los distintos países del mundo calculado a partir de la muerte de sus autores. En México, la Ley Federal del Derecho de Autor ha extendido progresivamente los términos de los derechos hasta un siglo después de la muerte del autor. En lugares como las Islas Marshall el copyright no existe.

Figura 1. World’s Copyright Terms. Fuente: Balfour Smith, Duke University
Wikimedia Commons

En respuesta al imperio del copyright, han surgido distintos tipos de licencia que permiten al autor decidir el grado de cesión de derechos y de reciprocidad, como las licencias Creative Commons;  las licencias copyleft que permiten que las obras puedan ser transformadas y compartidas bajo el mismo esquema de libertad, como las licencias de GNU y la opción de compartir igual (share alike) en las licencias Creative Commons; o la cesión de obras al dominio público (sin ningún tipo de derechos de autor).


Figura 2. El copyright controla la información; el copyleft la libera
Fuente: Free Software Magazine

Las licencias abiertas fomentan una cadena de bienes que tiende a ser igualmente abierta. Esto amplía radicalmente las posibilidades de difusión de los productos culturales y genera consecuencias positivas de largo alcance para la humanidad. Lessig (2008) propone cinco estrategias para que los derechos de autor sean más eficientes:

  1. La desregulación de las prácticas amateurs no comerciales de los usuarios
  2. La transparencia de los registros de derechos para conocer quién tiene los derechos de qué y promover la reducción de los términos de duración de los derechos (32 años en promedio)
  3. La simplificación del sistema
  4. La despenalización de la copia
  5. La despenalización de la práctica de compartir archivos, por lo menos con fines no comerciales

Las leyes, los acuerdos, los tratados internacionales y locales (ACTA, SOPA, PIPA, Ley Döring, TPP, etc.) afectan directamente la manera en que la cultura se produce y se difunde. Históricamente ha quedado demostrado que su más pernicioso efecto es la concentración de la industria de la cultura y el conocimiento en manos de unos pocos: las empresas editoriales, la industria farmacéutica, los conglomerados mediáticos, los gigantes tecnológicos. Con estas leyes restrictivas, que fomentan la “cultura del permiso” y del control, Lessig sostiene que “lo que está en juego es nuestra libertad: la libertad de crear, libertad para construir, y, en definitiva, la libertad de imaginar”.

Resulta urgente fomentar una cultura del compartir y del remix (Lessig 2008), que no perjudique a los autores y que promueva el crecimiento del dominio público, la creatividad, la inteligencia y la memoria colectiva.

La cultura del compartir incluso como modelo económico alternativo (sharing economy) ha demostrado su fortaleza y su validez: el crowdfunding es una práctica cada vez más popular y el crowdsourcing lleva hasta terrenos inexplorados la capacidad humana para la resolución conjunta de problemas. La cultura del procomún no es propia de la era digital, es una praxis arraigada en muchos de nuestros pueblos originarios. Sin embargo, las tecnologías de la cooperación tienen la capacidad de amplificar esa práctica para el beneficio de la humanidad: por qué no promover la creación colectiva de vacunas, música, películas, aplicaciones, financiadas por la misma comunidad y para su beneficio: sin duda, se salvarían muchas vidas.

Lo que no se comparte mata o muere.

Referencias

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