La filosofía y la filosofía. Ajuste de cuentas digital

Walter Benjamin, quizás el pensador que más hondo ha calado al pensar la relación entre las tecnologías y la transmisión de los discursos y prácticas culturales, escribe: “Es característico del texto filosófico enfrentarse de nuevo, a cada cambio de rumbo, con la cuestión del modo de expresión” (El origen del drama barroco alemán, p. 9). Así, toda su obra trata de describir las modificaciones que las técnicas modernas de escritura y de la imagen, como el periódico, el cine, la fotografía, la novela, han producido, no sólo en nuestras relaciones político-sociales o en nuestra maneras sensibles, sino también en el ámbito del pensar filosófico. De allí su aseveración: a cada cambio de rumbo la filosofía debe replantear su modo de expresión –sus discursos didácticos, sus prácticas de difusión, sus estilos. O quizás sería mejor al escribirlo al revés: cada modificación en los modos de expresión del pensamiento filosófico señalan un cambio de rumbo.

Si aceptamos, de manera provisional, que el día de hoy sucede un aumento en las capacidades de producir, manipular, alterar y distribuir documentos, diferente al ya ocurrido en la modernidad, ¿ello viene emparejado con una exigencia de escribir, de transmitir y de pensar de otra manera? De allí una infinidad cuestiones: ¿en el momento de las humanidades digitales, la filosofía –como disciplina, como práctica, como discurso– se halla exigida a hacer algo consigo misma? ¿Si se han modificado las formas de transmisión de las imágenes y de los discursos hasta el punto de poner en cuestión las tradicionales hasta ahora formas humanísticas, eso debe impactar en la labor del pensamiento? ¿Habría que comenzar a pensar lenguajes computacionales para la filosofía o es que los filósofos se han vuelto obsoletos? ¿De qué pensar se trataría? ¿Uno que ya no pueda desarrollarse en las formas tradicionales: sermón, ensayo, sistema, tratado, discusión, crítica, aforismos, etcétera?

Además, suponiendo que las maneras de exposición filosófica se han modificado, ¿eso significaría que las virtudes tradicionales de los filósofos –tranquilidad, profundidad, crítico, valentía, felicidad, prudencia, probidad, racionalidad, etcétera– deberían replantearse o modificarse o dejarse de lado? ¿De qué tipo de filósofo se trataría? ¿Uno cercano a las técnicas de los discursos motivacionales? ¿Se trataría de uno que haga coaching ontológico u ontología computacional? Además, en un momento en el que elaboran discursos sobre la filosofía de vida o sobre la filosofía de la empresa, ¿qué función tendría? ¿Profesor, consultor, terapeuta, luchador político, asesor político? ¿En qué espacio se ubicaría: la universidad, un despacho, una consultoría, un taller, un seminario, en la clandestinidad, etcétera? Luego, ¿qué tipo de capacidades sería encargado de transmitir? ¿Las capacidades tradicionales: las críticas de lenguaje, las de prácticas de vida, las de paciencia, las de odio a la irreflexión y a la ausencia de profundidad? ¿Habría otras capacidades a transmitir acompañando al supuesto aumento en las capacidades de producir, manipular, alterar y distribuir documentos? ¿Habilidades para la vida?

Todo ello supone políticas filosóficas, toda respuesta a estas cuestiones postularía una política de la filosofía y de la tecnología. De este modo, todo discurso que no tenga en cuenta y trate esta modificación radical de las maneras de transmisión y fabricación del discurso y de las prácticas filosóficas y humanísticas sólo será propagandístico.

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