Reflexiones acerca del trabajo y función del editor de libros

Gabriela Ruiz
@timonette

Hacia mediados del siglo XIX la figura del editor de libros comenzó a esbozarse. Le antecedían las figuras del impresor y del librero, quienes, en su momento, tuvieron a su cargo la materialización y circulación de las ideas y conocimientos de la época vivida.

Entrado el siglo XX, el proceso de volver tangibles las ideas quedó definitivamente en manos de quienes, además de conocer las artes gráficas y el arte de poner en circulación los impresos, sabían sondar el gusto del público, atraer “gente de letras y ciencia” y rodearse de colaboradores talentosos. No eran impresores ni libreros: se trataba de los editores.

Comenzó así a trabajarse en un nuevo proceso de reproducción de las ideas y el conocimiento que partía de lo intelectual y culminaba en lo comercial; que iniciaba con la identificación de una idea, continuaba con la materialización de ésta –fuera en forma de novela, ensayo, artículo, nota, historieta- y concluía con su producción –como libro, revista, diario- y posterior difusión.

Con el paso de los años, este proceso de trabajo fue refinándose, y la labor del editor se alejó cada vez más de la del impresor y del librero. Sin embargo, seguía esperándose que una sola persona conociera los entresijos de las artes gráficas, la venta de libros, los misterios del texto, el gusto de la gente, y sumara conocimientos en diseño y lo que se presentara en el momento; por ejemplo, mercadotecnia.

Así, a la manera de aquellos antiguos humanistas conocedores de lenguas clásicas, música, dibujo, pintura, juegos y artes galantes, los editores buscaron saber de filología, lingüística, gramática, artes gráficas, diseño, fotografía, finanzas, distribución, ventas y cuestiones legales. El siglo XX fue de esos editores, quienes en muchos casos nos brindaron obras memorables, trascendentales para la historia reciente.

No obstante, pasados algunos años -menos de cien- el proceso de materialización y circulación de las ideas vuelve a cambiar: las computadoras personales e internet arriban a los hogares de la gente, dejando en manos de millones lo que antes era el trabajo de unas cuantas personas. Así, la identificación de ideas para su posterior difusión y, quizá, comercialización, tiene lugar en cada rincón del planeta en el que haya alguien con una computadora, conexión a internet y entusiasmo para comunicar lo que piensa o piensan otros.

Saber lingüística, gramática, diseño, artes gráficas o estrategias de comercialización, no es ya en apariencia relevante. En este contexto, ¿cuál podría ser la función de un editor que pasó años, quizá toda una vida, estudiando y siguiendo cánones de trabajo que no parecen ser relevantes? ¿Qué nuevas funciones y habilidades tendría que ejercer? ¿Qué clase de nuevo humanista habría de llegar a ser (tendría que serlo)? O más aún, ¿qué habría que repensar acerca de lo que un editor sabe que sabe? Intentaré ir respondiendo a estas cuestiones en mis siguientes colaboraciones, con el ánimo de vislumbrar un poco el camino que habríamos de pisar los editores.