Por César Pinera*

Me resulta difícil entender lo que el movimiento Occupy Wall Street demanda. Quizá ni ellos mismos lo sepan, y eso en sí mismo es parte del encanto. Dependiendo de a quién se le pregunte, las peticiones resultan incluso contradictorias. Lo que resulta evidente es que el movimiento expresa un sentimiento generalizado de hartazgo, un reconocimiento popular de injusticia y de que ya ha sido suficiente y que las cosas deben cambiar.

El señalamiento que he visto con mayor frecuencia es aquel que denuncia al uno por ciento que acumula una cantidad desproporcionada de los bienes materiales de nuestras sociedades. Ese atroz uno por ciento que nos esclaviza, se burla de nosotros, nos arrebata nuestra dignidad y a quien con el puño en alto le decimos «ya basta».  O al menos eso es lo que rezan los inconformes.

Quizá tengan razón. Quizá estén completamente errados. Desigualdades siempre ha habido, y siempre habrá quienes sean «más iguales que los otros». Lo que me sorprende es que muchas de las demandas tiendan a ser entendidas como una falta de regulaciones más estrictas, de vericuetos legales todavía más inaccesibles, y de oportunidades para que las burocracias crezcan. Para mí resulta evidente que lo que se necesita es todo lo contrario.

Los ejemplos abundan. Las industrias que se encuentran en permanente crisis son víctimas de legislaciones inflexibles y de relaciones caducas de contubernio con burócratas y grupos sindicales. Eso es cierto, por poner un ejemplo, de las compañías aéreas en quiebra (conocidas normalmente como compañías «demasiado grandes para fallar»). Cuando se «rescata» a una compañía que ha demostrado ser ineficiente en el mercado, el precio que se paga invariablemente conlleva en una injusta acumulación de riqueza, una acumulación que no tiene nada que ver con la eficiencia en el hacer de los negocios, sino con una imposición del poder que emana, en teoría, de la elección democrática de los dirigentes populares.

Lo único que hemos logrado al rescatar a esos bancos es alentar a los incompetentes a seguir siendo todavía más incompetentes. Lo que debemos hacer es dejarlos fallar. Veo que los manifestantes del movimiento Occupy Wall Streetestán en general de acuerdo con ello. En donde ya no están de acuerdo es cuando les explico que en consecuencia los ahorros de aquellos que invirtieron sus fondos de pensión en portafolios con riesgo quedarán, como resultado del no-rescate, en ceros. O que todos aquellos que pidieron y aceptaron una hipoteca por arriba de su posibilidad (pasada y presente) de pago tendrán que devolver esas casas.

No, que paguen los ricos, los que han acumulado tanto dinero. Y sí, superficialmente pareciera una petición incluso justa. Que paguen los que tanto nos han robado. ¿Pero qué no es también un robo el darse una vida a crédito, con esas tarjetas que nunca podríamos haber pagado, con esas vacaciones a meses sin intereses y esos contratos anuales de servicio de teléfono, televisión por satélite y demás? La erosión de la clase media no es el resultado únicamente del uno por ciento que se hizo rico gracias a las prebendas políticas y a las regulaciones gubernamentales que alteraron el libre mercado, sino a que esa misma clase media buscó, aceptó y disfrutó un nivel de vida por arriba de sus posibilidades.

No hay Wall Street que exista sin que, durante algún tiempo, el noventa y nueve por ciento sea cómplice, y el noventa y nueve por ciento es cómplice cada vez que permite que el gobierno intervenga en el mercado. Los monopolios siempre están sustentados por regulaciones que impiden la entrada de nuevos competidores. Los Estados generan escasez de manera artificial como un mecanismo de control del mercado, y los oligopolios resultantes financian las campañas de quienes gobiernan esos estados. Luego esos mismos gobernantes venden a sus gobernados el establecimiento de instrumentos de seguridad social, haciéndolo pasar como un mecanismo de nivelación y de corrección de desigualdades.

El precio es el mantenimiento de todos esos incompetentes en el mercado.

Veo como un excelente contraejemplo el sector de la tecnología, en donde los gobiernos se han mantenido suficientemente al margen como para permitirle desarrollarse de manera relativamente libre (tan posible como pueda ser bajo el nocivo efecto de las economías mixtas). Las computadoras, se trate de dispositivos de mano o de computadoras personales o de servidores en centros de datos, son cada vez más potentes, cada vez más baratas y tienen un impacto positivo cada vez mayor en la sociedad. En el proceso mucha gente ha hecho mucho dinero, nuestras vidas han cambiado de manera evidente, y el sector emplea a miles y miles de personas.

¿Qué pasaría si el Estado impusiera un ente regulatorio, o peor aún, un ente que ejerciera la función de un juez-parte en el sector de la tecnología, al estilo de la Reserva Federal o cualquiera de los otros bancos centrales que se inmiscuyen en el sector financiero? ¿Qué pasaría si el gobierno estableciera cuotas de acceso a internet, «garantizara» el derecho al uso de dispositivos portátiles, regulara la «calidad» del diseño de los microprocesadores, «respaldara» la compra de equipos de cómputo personales como lo hace cuando garantiza el acceso a préstamos hipotecarios, y tantos otros vicios que plagan a otros sectores de la economía? ¿Sobrevivirían Apple, Microsoft, Oracle, Intel y tantas otras corporaciones? ¿Sería posible que surgiera otro Facebook, otro Twitter, otro eBay?

Me parece honesto que reconozcamos y repudiemos la acumulación de riqueza por parte de ese uno por ciento que han obtenido lo que han obtenido al amparo de la intervención gubernamental que alienta y estimula que los incompetentes se mantengan en el poder. Ya es hora de que nos sacudamos de esos vestigios que han demostrado una y otra vez que al intentarlo, los Estados nunca podrán distribuir la riqueza, sólo destruirla.

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Fotos originales del autor con CC-noncomercial-attribution tomadas dehttp://www.flickr.com/photos/cesar_pinera/

*Blogger invitado. Fotógrafo. http://www.cesarpinera.com