Me intrigan las relaciones humanas, siempre me han intrigado. Posiblemente por mi carácter de tendencia misantrópica he observado desde hace mucho a las relaciones humanas como algo mas bien lejano a mi, como algo que está en otro lado. Como observadora de un mundo de relación con los Otros que siento hasta cierto punto lejano, no he podido sino sorprenderme ante cuánto se parecen las «relaciones» con el Otro, sean «virtuales» o «reales».

Un buen día comencé con Facebook, con la intención de difundir ideas de corte polìtico, pues era el 2006. Era interesante, una forma muy rápida de compartir información con un núcleo de personas que en su mayoría había conocido o encontrado alguna vez en mi vida. No le vi mayor profundidad ni trascendencia a esta red, hasta que un amigo me comentó -con una enorme y alegre confusión- que a través de Facebook había descubierto que tenía una media hermana que estuvo oculta hasta ese momento.

Más tarde, no sé si por casualidad o curiosidad, llegué a Twitter, y entonces mi visión cambió. La vertiginosa velocidad de esa red, su brevedad, me fue atrapando poco a poco. Lo mismo servía para comunicar mensajes de corte político, que peticiones varias o descargas emocionales en un muy mexicanísimo español. También encontré un sinfín de noticias, buenas dosis de sabiduría y uno que otro pensamiento con un grado interesante de profundidad. Sin duda ahí también latía la #FilosofíaPirata y rápidamente me di a la tarea de pensar en el #EthosTwitter 

Pero sorprendentemente encontré personas. Personas con las que he compartido ideas, perspectivas, confidencias. Máscaras-avatares animados por alguien detrás, que sin conocerles en el mundo «real», siento estimarles en verdad y no me cuesta trabajo llamarles «amigas» o «amigos», y les extraño si no les leo en mi TL.

A algunas de esas personas las he conocido, realmente a pocas. Mi vida social tan reducida se ha visto dramáticamente amplificada en esas redes de, podríamos decir, «relaciones» humanas ficticias. Esas «relaciones» me permiten tener un divertido escape, un momento grato de compartir con otros, sin que ello me haga salir de mi ámbito cotidiano plagado de deberes y trabajo.

Con varias de esas personas descubiertas detrás de algún nombre curioso y un avatar he logrado entablar buena «amistad», y como en cualquier amistad, no hemos estado al margen de los conflictos y desencuentros, incluso de las rupturas. Llegó un momento en que una amistad tuitera se rompió de mala manera y la persona en cuestión me dio el clásico «unfollow» y «block», y no puedo mentir, me dolió. Sobre todo, porque me había rechazado y había decidido por mi terminar nuestra «amistad» unilateralmente y con un berrinche.

Parecería que lo distintivo de las relaciones con Otros se potencializa en el Twitter, nuestras filias y fobias se desenvuelven en la distancia sin mayores restricciones que los 140 caracteres a los que estamos posibilitados para cada tuit. Las relaciones con los Otros se inician rápidamente, mediadas por lo efímero de un nutrido TL. Pero esas «relaciones» nacidas de lo vertiginoso, pueden también concluir intempestivamente con algún malentendido o algún berrinche que pone de manifiesto que palpita un sujeto detrás de un avatar.

Me sorprende por ello, que aún en el ámbito virtual, fácilmente conceptualizado como «irreal», impersonal y solitario en más de un sentido, se desarrollen las dinámicas de relación con el Otro de una manera tan semejante a como suceden en ese que nos esforzamos en llamar el «mundo real».

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Ver también «¿Hay un ethos en Twitter?» en http://www.reflexionesmarginales.com/bla/articles/102