La infografía como recurso para la educación en línea

Infografía presentada en el 5o. Coloquio de Educación Abierta y a Distancia en Enfermería. Julio 2016, UNAM

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Infografía presentada en el 5o. Coloquio de Educación Abierta y a Distancia en Enfermería. Julio 2016, UNAM

 

 

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Cultura digital

Paola Ricaurte Quijano

Entendemos cultura digital como el conjunto de procesos socio-culturales derivados de un contexto emergente en el que las tecnologías digitales son centrales. La cultura digital da pie a “un conjunto de valores, prácticas y expectativas acerca de la manera en que las personas se comportan e interactúan en la sociedad red” (Deuze, 2006). Se define por la materialidad de los dispositivos y artefactos que se encuentran en simbiosis con la construcción de sentido, las representaciones sociales, los imaginarios, la identidad. Los sujetos se apropian de las tecnologías digitales y detonan procesos simbólicos y materiales que reconfiguran los sistemas de producción, circulación y consumo de información (Castells, 2010).  Las instituciones y las prácticas sociales se transforman, lo cual a su vez determina el curso y la naturaleza del desarrollo tecnológico, que posee la marca del contexto en el que se origina.

En las últimas décadas, es posible rastrear diversas manera de conceptualizar esta serie de fenómenos: cultura virtual (Jones, 1998), tecnocultura (Robins & Webster, 1999), cibercultura (Lévy, 2001), cultura de internet (Castells, 2001), cultura computacional (Manovich, 2001). Estas etiquetas implican importantes matices y aproximaciones teóricas que reflejan el dinamismo y la complejidad del campo de estudio.  Entre los componentes de la cultura digital, Deuze (2006) menciona la participación, la remediación y el bricolaje. Jenkins (2006) por su parte habla de la cultura de la participación, la convergencia mediática y la inteligencia colectiva. Para Rheingold (1993) lo relevante es el sustento de una comunidad que se identifica como tal a partir de la construcción de redes de intercambio y cooperación. En estos abordajes está claro que lo digital se asocia con un cambio cultural: en los procesos producción de conocimiento, de interacción, de aprendizaje, de representación y construcción de imaginarios, en la relación con el cuerpo y la naturaleza de la información. Manovich (2001, p. 77) se pregunta:

Si la interfaz hombre-máquina se convierte en un código clave de la semiótica de la sociedad de la información, así como su meta-herramienta, ¿cómo afecta esto el funcionamiento de los bienes culturales en general?

Manovich se cuestiona acerca de los bienes culturales, pero a eso tendríamos que agregar muchas más dimensiones que tienen que ver incluso con la propia construcción de la subjetividad (Guattari & Rolnik, 2006). Por eso resulta relevante en la búsqueda de respuestas ante la emergencia de nuevas materialidades, prácticas, esquemas cognitivos y sensibilidades, destacar que la cultura digital se encuentra articulada estrechamente con el sistema económico-político que enmarca el desarrollo de las infraestructuras tecnológicas, las infraestructuras de producción de conocimiento y las infraestructuras mediáticas (Morozov, 2013).

Considerar la cultura digital imbricada en esta relación de fuerzas es fundamental para que los ciudadanos identifiquen y evalúen las implicaciones de las infraestructuras tecnológicas en las prácticas cotidianas y en el sistema social. El abordaje de una cultura digital desde una perspectiva crítica debe involucrar la reflexión profunda sobre nuestras formas de apropiación tecnológica y el lugar que ocupan en la geopolítica de conocimiento, el ejercicio político, la defensa de derechos o la desigualdad social.

Los emergentes paisajes tecnológicos nos deberían obligar a problematizar los sistemas sociotécnicos y a explorar la complejidad del ecosistema digital imbricado el sistema social y, en consecuencia, a plantear la necesidad de transformación de los sistemas económico-políticos, las instituciones y las prácticas que delimitan los procesos de producción y difusión del conocimiento.

Referencias

Castells, M. (2001). The Internet Galaxy. Oxford: Oxford University Press.

Castells, M. (2010). The Rise of the Network Society. The Information Age: Economy, Society and Culture. Vol. I. (2nd Ed.). The Atrium, West Sussex: Wiley-Blackwell.

Deuze, M. (2006). Participation, remediation, bricolage: Considering principal components of a digital culture. The Information Society, 22(2), 63-75.

Guattari, F. & S. Rolnik. (2006). Micropolítica. Cartografías del deseo. Madrid: Traficantes de sueños.

Jenkins, H. (2006). Convergence culture: Where old and new media collide. New York: NYU Press.

Jones, S. (Ed.) (1998). Cybersociety 2.0: Revisiting computer-mediated community and technology. London: Sage.

Morozov, E. (2013). Internet, la política y la política del debate sobre internet. En BBVA, Cambio, 19 ensayos fundamentales sobre cómo Internet está cambiando nuestras vidas. Madrid: OpenMind, pp. 154-165.

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Educación industrial, industria educativa y educación en línea

Desde hace algún tiempo los videos de conferencias de TED resultan una fuente popular de ideas sobre diversos temas. Retomo para este post el video de Ken Robinson, “¡A iniciar la revolución del aprendizaje!“, donde se establece que hay una crisis en la educación, manifiesta en una crisis de recursos humanos, que se debe superar. Tal crisis incluye la falta de consciencia de la gente sobre sus propios talentos. Robinson compara la crisis de recursos naturales manifiesta en el calentamiento global, con la crisis de recursos humanos y atribuye la causa de tal crisis de recursos humanos a la crisis educativa. Robinson comenta que la educación tiene que convertirse en algo más a través de la innovación. Por momentos pareciera que hay un olvido de que la solución educativa que se ha implementado por décadas como “la solución” es ahora parte del problema, y que al implementar  “nuevas” perspectivas educativas vamos a lograr desarrollo, y en fin, salir de la crisis educativa que padecemos desde hace décadas. Robinson dice que hay que ir más allá de los dogmas sobre educación, pero en general no se ataca al principal dogma: la educación formal y su correlativa legitimación del saber y las profesiones, así como el hecho de que la educación es una de las principales actividades económicas desarrollada desde perspectivas de interés económico nacional o global.

Robinson hace una analogía entre los modelos industriales y agrícolas de economía, aplicándolos a la educación:

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A pesar de lo dicho por Robinson, es claro que la educación formal escolarizada, sigue siendo lineal, ya que la linealidad es la mejor manera de administrar los procesos educativos, pero eso no le queda claro a Robinson, quien se pretende innovador, pero solamente propone aplazar los momentos de la educación formal para quitarle la sensación de linealidad.  Al imaginar la educación de un modelo industrial a un modelo agrícola continúa con la visión tradicional de la educación como instrumento y no como fin en sí mismo en tanto ámbito de la creación de lo humano. Robinson olvida, asimismo, que la agricultura hoy está sometida a procesos industriales y que concebir la educación a un modelo agrícola no le evitaría continuar con su funcionamiento industrial. ¿Cómo transformar el modelo educativo industrial en un modelo educativo agrícola? ¿A través de Internet y la educación en línea? ¿Realmente es a través de las estrategias didácticas de la educación en línea y a distancia que se va a lograr un cambio de modelo para pasar de la educación industrial a la educación agricola? 

Lo rescatable de la conferencia de Robinson es que plantea que en efecto la educación se ve implicada en modelos industriales pero desde perspectivas diferentes, ya que no es lo mismo hablar de los modelos industriales de educación que de la existencia de una industria educativa. Y ambas concepciones se manifiestan en la educación tanto presencial como en línea, así como en la capacitación y la educación continua. Aclaremos algunos conceptos con la siguiente infografía:

 

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Por más que se ha tratado desde diversas estrategias de darle un sentido a la educación más allá de la estandarización de los saberes, procesos, evaluaciones y prácticas, ello no ha sido posible, y continuamos insertos en dinámicas educativas industriales; tanto en la educación presencial como en la modalidad en línea. Por otra parte, no podemos negar que la educación hoy en día se ha convertido en uno de los principales ramos de la actividad económica, al grado que existen ya empresas globales que ofrecen servicios educativos y facturan millones de dólares. Ello es así para el modelo educativo presencial pero es aún más prometedor en cuanto al modelo educativo en línea. La mediación tecnológica hace hoy posible que la demanda de servicios educativos sea cada vez más amplia, aunado al hecho de que el ámbito laboral competido demanda mayores cualificaciones a la mano de obra.  Por ello es que la educación es una más de las industrias de la actualidad. A  partir de lo anterior, podemos constatar que ambas tendencias coexisten, y que estamos imbuidos en modelos educativos industriales dentro de la industria educativa.

Referencias

Robinson, K. (2011) Video: ¡A iniciar la revolución del aprendizaje!, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=zuRTEY7xdQs

Finkel, M. “¿El sistema educativo es un sistema industrial?” en http://www.e-learningsocial.com/article.php?article_id=363

OCCINANCE, Consultoría estratégica. “Industria educativa”, en http://occinance.blogspot.mx/2013/04/industria-educativa.html

 

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El otoño de los patriarcas: ¿Asia desafía a los monopolios del conocimiento?

Por Domenico Fiormonte

Departamento de Ciencia Política, Universidad de Roma Tre

 

La multinacional de medios de comunicación y de información Thomson Reuters anunció el 10 de julio que había vendido a dos fondos de inversión —Onex Corporation y Baring Private Equity Asia— todas las acciones bursátiles relacionadas con la publicación académica y científica, por $3,55 mil millones de dólares. La noticia, no es de aquellas que agitan el alma, especialmente en estos días, sin embargo, es un acontecimiento importante, capaz de desafiar a la estructura de la publicación global.[1] Pero para entender la dimensión del problema, es necesario dar un paso en retrospectiva.

Los cuatro grupos editoriales más importantes en el mundo son aquellos editores científicos y profesionales ya conocidos, los que venden el acceso, principalmente, a través de sus bases de datos, a saber: Pearson (Reino Unido), Thomson Reuters (Canadá), RELX Group (antes Elsevier, Reino Unido, Países Bajos y Estados Unidos), Wolters Kluwer (Países Bajos). El quinto en la clasificación es Penguin Random House, del gigante alemán Bertelsmann. Si echamos un vistazo a los ingresos de estos consorcios se podrá verificar que superan, por mucho, los de cualquier grupo editorial generalista. En el 2014, Pearson es el primero de todos con ventas que exceden los 7 mil millones de dólares (mmdd); después viene Thomson Reuters, con 5,7 mmdd, RELX con 5,3 mmdd, Wolters Kluwer, con un 4,4 y finalmente Penguin con 4 mil millones de dólares. Es evidente que sus utilidades son astronómicas (y de aquí surge el interés primordial en los fondos de inversión), lo cual se hace claro si quisiéramos comparar a Wal-Mart o Procter & Gamble con la tiendita de la esquina: Elsevier: 36.29%, Springer: 33.95%, Wiley-Blackwell: 41.85%, etc.[2]

Pero ¿por qué éstas editoriales son tan potentadas? Más allá de las cuestiones históricas, ampliamente discutidas en otros foros, las razones básicamente son dos: una intrínseca y otra extrínseca. La razón intrínseca radica en el hecho de que un investigador de cualquier universidad, en cualquier latitud, no puede dejar de leer las publicaciones periódicas actuales pertenecientes a  las principales editoriales de la modalidad paywall. Dos de estos grupos, RELX (Elsevier) y Thomson Reuters, son propietarios respectivamente de Scopus y Web of Science, las bases de datos que generan los índices de impacto de la producción científica, es decir, el Moloch que todas las instituciones de evaluación científica del mundo adoran. Las carreras de los investigadores y el acceso a fuentes de financiación dependen de la combinación revistas ↔ índice de impacto que, a su vez, como veremos en breve, tiene un impacto directo en el ranking de las universidades. Para manejar mejor este poder de vida o muerte en la investigación (y para los que la realizan), los grupos de las principales editoriales científicas se han conformado como un oligopolio. En 2011, George Monbiot denunció las prácticas comerciales escandalosas de los editores científicos que “hacen que Rupert Murdoch parezca un socialista”, esto es: un único artículo publicado por una de las revistas de Elsevier, Springer o Wiley-Blackwell cuesta de 30 a 40 euros. Una suscripción anual a una de estas “prestigiosas revistas”, tales como Biochimica et Biophysica Acta, cuesta lo mismo que el salario anual de un investigador italiano: 23,587€. Incluso, hay algunas que cuestan 40,000€. Ya que ésta es la situación, no es de extrañar que durante veinte años los bibliotecarios de todo el mundo (incluyendo los de Harvard) estén denunciando la llamada “crisis de las publicaciones periódicas”, es decir, la incapacidad para pagar el costo exorbitante de las suscripciones de muchas de las publicaciones periódicas de estos grupos.

No obstante, conocer la cantidad que realmente pagan las universidades e instituciones de investigación no es tan simple. Los costes varían mucho de un país a otro, y de una institución a otra, por lo que los editores imponen el llamado acuerdo de no divulgación (non-disclosure agreement). Dicen a los compradores: “si usted quiere comprar mis revistas y suscribirse a mi base de datos, y tal vez ahorrar unos centavos, no puede revelar detalles acerca de las negociaciones”. La falta de transparencia es tal que los investigadores tienen que compartir/filtrar información al estilo de Wikileaks. Sin embargo, algunas de estas “fugas” son suficientes para dar una idea de la magnitud del problema: una investigación en Inglaterra de 2016 reveló que las suscripciones de las bibliotecas en el Reino Unido realizadas con alguno de los 10 principales editores científicos ascienden a poco más de 94 millones de libras por año (cifras de 2014). En Francia, donde las negociaciones se llevan a cabo de forma centralizada a través el Ministerio de Investigación, el contrato original —puesto en línea de manera extraoficial— muestra que los franceses pagaron 172 millones de euros por el acceso a la versión electrónica de 2,000 publicaciones de Elsevier por más de cinco años (este es el paquete llamado, tal vez irónicamente, Complete Freedom Collection). Pero si París llora, Roma no está envuelta en carcajadas. Si únicamente Francia paga a la editorial Elsevier 30 de millones de euros al año, ¿cómo es que una sola universidad va a pagar por el acceso a una serie de revistas? Incluso en Italia las negociaciones se llevan a cabo de manera “confidencial” por la CRUI (Conferencia de Rectores de las Universidades Italianas). No hay cifras globales que estén disponibles (como en el caso francés), pero hurgando por aquí y por allá, es posible tener una idea de lo que pasa particularmente con cada escuela. La Universidad de Verona, por ejemplo, paga una suscripción por la Complete Freedom Collection de Elsevier por más de 300,000 euros al año, para un total de 1,577,783 de euros que se gastarán para el periodo 2013-2017 (licencia cinco años). Una universidad de tamaño medio como lo es Roma Tre, en 2015, pagó 1,000,558 euros para todos los impresos y suscripciones a revistas en línea, pero el sistema de bibliotecas de la Universidad de Pisa gasta alrededor de dos veces ese monto. En conclusión, ya que las universidades y centros de investigación para los cuales el CRUI continuará las negociaciones son al rededor de sesenta, es probable que Italia gaste más que Francia —y tal vez que el mismo Reino Unido— para acceder a esas colecciones con “completa libertad”.

Todos estos problemas, por supuesto, han provocado diversas reacciones por parte de los investigadores e instituciones, que se ven obligados a pagar por la investigación que ellos mismos producen. Muchos de los proyectos de repositorios libres o públicos, revistas de acceso abierto, declaraciones universales, etc., difundidos en los últimos años, no han logrado hacer mella en el poder de los oligopolios para mitigar sus políticas comerciales. De hecho, tal como se documenta en diversos foros, los precios de los paquetes siguen aumentando cada año en un promedio de 5.10%.

Un grupo de investigadores canadienses publicó el año pasado un estudio que da una panorámica y resume la situación: en las ciencias sociales, las tres principales editoriales (Reed-Elsevier, Taylor & Francis y Wiley-Blackwell) acumulan el 50% de todos los artículos publicados en 2013 a nivel global. La situación es más preocupante aún si añadimos a la concentración de las publicaciones los problemas lingüístico-culturales. Geographies of the World’s Knowledge, una investigación de 2011, mapeó (literalmente) las desigualdades de la representación de la producción científica del mundo. El análisis tuvo en cuenta 9,500 revistas indizadas en 2009 por la Web of Science, en los campos de la ciencia y la tecnología, las humanidades y las ciencias. La conclusión de los autores es que los Estados Unidos y el Reino Unido publican conjuntamente un mayor número de revistas indizadas que el resto del mundo en conjunto. Los datos mostraron que el “resto del mundo” apenas y estaba representado, y que, por ejemplo, Suiza ocupa una porción tres veces más grande que todo el continente africano. Pero ¿es una coincidencia que todos los editores mencionados operen en los países occidentales y, preferiblemente, en aquellos de habla inglesa?

El problema de la “crisis de las publicaciones periódicas” y del costo de los paquetes de suscripción a revistas y bases de datos es, en realidad, la punta del iceberg. La cuestión crucial radica en la relación entre el papel que juegan los oligopolios, la clasificación de la evaluación de producción y la investigación que realizan las universidades. De acuerdo a un artículo en InfoAut, la clasificación de las universidades se ve influenciada por la evaluación de la producción científica (y viceversa), generando un círculo vicioso que pone a las multinacionales de las publicaciones científicas en la parte superior de la pirámide de la gestión del conocimiento. Las opciones por parte de muchos sistemas nacionales de evaluación —por ejemplo, la ANVUR en Italia (Agenzia Nazionale per la Valutazione dell’Università e della Ricerca)— se reducen a adoptar Web of Science y Scopus como puntos de referencia para la evaluación, lo que implica legitimar este tipo de “gobierno secreto” de la investigación mundial. Un gobierno concentrado en algunas zonas del planeta y que se puede superponer perfectamente a las dinámicas geopolíticas actuales.

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Finalmente, llegamos a la información anunciada en el principio de este texto, relacionada con la venta de la industria editorial de Thomson Reuters. Uno de los dos compradores, BPEA, es un fondo de inversión con sede en Singapur, que opera principalmente en el escenario de la geo-economía china, aunque también con oficinas en la India, Japón, etc. Algunos comentaristas han subrayado la creciente “sed de conocimiento” de algunas regiones de Asia, que se ha vuelto cada vez más competitiva en el campo de la educación universitaria. Por otro lado, 2014 había marcado la entrada en el top ten publicación global de dos gigantes chinos, Phoenix Publishing y China South, una muestra de que ahora el “hambre de China” ya no se limita sólo al sector agroalimentario, al tecnológico o al energético. Otras señales son, por ejemplo, el movimiento que condujo a la India a rechazar Facebook Free Basics a favor de la neutralidad de la red, y mostrar la vitalidad democrática de millones de asiáticos que , a diferencia de los europeos “avanzados”, rechazan el universalismo colonialista del Silicon Valley, el otro cuerno de los monopolios del conocimiento: la dimensión digital.

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Entonces, ¿qué está pasando? Es evidente que la facturación astronómica de Thomson Reuters es la principal razón del interés de los fondos de capital privado. Pero, tal vez, alguien en China se ha dado cuenta de que, además de ser un negocio rentable, el control de la Web of Science garantiza un lugar en la mesa de la sala de la ciencia. Es cierto que es prematuro concluir que Asia (y China en particular) se están preparando para subir a los principales peldaños del conocimiento global, sobre todo por la resistencia a los Frightful Five. Pero sería ingenuo ver estos eventos sólo como operaciones comerciales y financieras. Por el contrario, son claras señales políticas y de conciencia —quizá no inconscientes de Gramsci— de lo que significa la hegemonía cultural. Una conciencia que tanto los Estados Unidos y Europa, resquebrajados, asediados, presas del otoño sombrío de sus élites, parecen haber perdido o probablemente eliminado.

[1]    El colega Ernesto Priego y yo publicamos un resumen de nuestra propuesta para The Toronto School: Then | Now | Next International Conference, en el cual hacemos un balance de la situación e indicamos críticamente los principales problemas. La presente intervención se deriva de nuestra colaboración y agradezco a Ernesto por permitir que yo utilice este material y las reflexiones comunes.

[2]   Basta recordar que en el ranking anual de Publishers Weekly se incluyen a 57 grupos editoriales, pero los 10 primeros, casi todos concentrados en el ámbito educativo o científico, representan el 54% del total de ingresos en el mundo.

 

(Traducción de Ariel Morán)

Versión revisada y ampliada del artículo “La sfida dell’Asia ai monopoli della conoscenza”

publicado el 18 de julio de 2016 en

Infolet (Informatica e Letteratura): Blog dedicado a las Humanidades Digitales y a la Cultura Digital, a cargo de Domenico Fiormonte y Paolo Sordi.

http://infolet.it/2016/07/18/monopoli-della-conoscenza/

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¿Qué tiene que ver Ulises Carrión con las Humanidades Digitales?

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Mucho. Pero voy poco a poco.

En los últimos meses, el nombre de Ulises Carrión ha estado en amplia circulación gracias a la inauguración de Dear Reader, Don’t Read, la exposición que el Museo Reina Sofía ha montado en su honor. Este evento sobresaliente es precedido por la reciente publicación de su Archivo editado por Juan J. Agius y Heriberto Yépez en Tumbona Ediciones entre 2012-2014—publicaciones seguidas también por mucha prensa y que despertaron una gran cantidad de comentarios. Antes, estuvo también la edición de sus Poesías en Taller Ditoria en 2007. La exposición realizada en el Museo Carrillo Gil en el 2002 acompañada por dos volúmenes titulados Ulises Carrión: ¿Mundos personales o estrategias culturales? y preparados por Martha Hellion constituyeron un primer vistazo del trabajo de Carrión para muchos. Poco a poco, a goteos prácticamente, el trabajo de Ulises Carrión ha comenzado a capturar la imaginación de lectoras, artistas, teóricas y académicas contemporáneas. De manera anecdótica pero también reveladora de la nueva fama de Carrión es el hecho que las páginas dedicadas a él en Wikipedia tanto en inglés como en español datan apenas del 2015.

Como es costumbre, la labor de recuperación de la obra de Carrión—aptamente llamado el Archivo Carrión en la colección de Tumbona—deja en claro el valor de su legado, y la necesidad del merecido correctivo. Las interrogantes y quejas sobre su ausencia abundan. Pero más allá de ello, dejando de lado los procesos siempre tardíos e inadecuados de canonización, me parece más productivo observar la amplia evidencia de cómo las teorías y la obra de Carrión resuenan actualmente en el pensamiento y la práctica de la generación que probablemente apenas aprendía a leer en 1989, año de su muerte. Hay muchos ejemplos de esto, la obra de Ulises se ha vuelto una plataforma en la que se apoya entre otros, Verónica Gerber Biccecci en su novela Conjunto Vacío; un punto de partida para muchas de las propuestas del trabajo del colectivo _lleom_ (laboratorio de literaturas extendidas y otras materialidades); una inspiración para la obra de Horacio Warpola y; si se me permite el auto anuncio, la base conceptual de mis bots de Twitter. La lista continúa.

Ya Daniela Franco propuso muy sugerentemente a Carrión como la “quintaesencia del artista contemporáneo.” Sin estar en desacuerdo con ella, aquí quiero explorar ¿a qué se debe el resurgimiento e incluso un sentido de urgencia del trabajo de Carrión? O bien, lanzar dos preguntas: ¿qué aspectos de su trabajo hacen de Carrión no únicamente una figura excepcional de manera individual, sino especialmente relevante en nuestros días? ¿Por qué nos sentimos tan identificados con el trabajo de Carrión? En los siguientes párrafos me quiero enfocar en apenas un par aspectos de su obra y vida que considero tienen un eco fortísimo con los movimientos transnacionales y la idea de lo global-local que favorece el mundo digital, así como las zonas de contacto entre sistemas de significación y mediáticas propios de nuestra actual ecología de medios.

Dicho de otra forma quiero proponer una lectura de Carrión como teórico de medios. Y ya que en este blog hablamos de Humanidades Digitales, mi lectura es que, como tal, el legado de Carrión informa y resuena con muchas de nuestras preocupaciones y prácticas. Esta relación, aclaro, no intenta establecer una dimensión histórica de legitimidad para nuestro muy debatido y aún amorfo sub-campo, sino proponer un nuevo punto de partida teórico-práctico para cimentar nuestra labor también teórico-práctica.

La materialidad de la producción cultural

A Carrión se le atribuye haber anticipado (e incluso deseado) la muerte del libro y, como señala Yépez, en adoptar el plagio, o formas de escritura no creativa a la Kenneth Goldsmith por más de tres décadas (“Los cuatro periodos” 27). Se celebra su capacidad de cooptar cualquier medio y llenarlo de expresividad metafórica, poética y literaria (ante su anclaje tipográfico/alfabético/lingüístico). No obstante, una y otra vez nos encontramos con menciones de cómo Carrión despoja y dinamita la literatura (Amara), con cómo sus obras-libro ponen el fin a la literatura (Moreno Villareal), con cómo su práctica constituyó un aniquilamiento del libro, etc. Publicado en Plural en 1973, su famoso dictum: “todo lo que existe son estructuras. Todo lo que sucede son metáforas. Toda metáfora es el punto de encuentro entre dos estructuras” (“Textos y Poemas” 94), es evidencia de que a su obra la cruza una autorreflexividad estética y autopoética de “todo” medio, “todo” como medio y “todo” como medio metafórico. En la actual ecología de medios, en la que “todo” es un medio (impreso-digital-textual-visual-sonoro-interactivo-etc.), las zonas de contacto y continuidad virtuales o potenciales entre todos ellos responden a la visión híper poética, o bien híper expresiva o retórica, que planteó Carrión tanto en sus escritos teóricos como en su práctica creativa.

Como lo expone Lourdes Morales, “Rebasado el carácter experimental del texto, la vanguardia se daría cuenta de que más allá del contenido del libro estaba su realidad física, la letra estaba re-definiendo la noción de medio” (162). La noción de medio que se abstrae del trabajo de Carrión (un surplus del texto, del libro, del radio y del video) no obstante, es objetual solo hasta cierto punto. El énfasis está puesto en las formas de comunicación y distribución que cada uno favorece y pone en práctica. Ulises, por medio de su obra (medio usado aquí con toda alevosía) y más claramente en el Sistema internacional de arte correo errático, E.A.M.I.S., (1977), realizó un doble movimiento de examinar plataformas comunicativas para crear a partir de ellas y “modernitrizar”, “transmodernizar” o “desmodernizar” (tomando prestados los silogismos poéticos de sus Derivaciones que evocan el trizar, transformar y reinventar) sus dimensiones expresivas poéticas y como elaboraré abajo, comunitarias.

Debido a estos movimientos, siempre presente en cualquier escrito sobre Carrión está el debate sobre su categorización como escritor, como artista visual, como poeta de vanguardia y/o post-vanguardia, como performancero, como curador y archivista. Su ‘abandono’ del lenguaje es tratado como una deconstrucción (Paz) o un vaciamiento (Fabre) de su arte literario. Su labor curatorial en Other Books and So y más tarde en Other Books and so Archive—el cual fue desmantelado por petición de Carrión mismo después de su muerte, es otro de los hitos de la literatura sobre Carrión que confronta nociones sobre preservación convencionales (e incluso las vanguardistas) del quehacer literario. La conclusión a la que todos hemos llegado que Carrión es un artista iconoclasta, multidisciplinario, radical, post-literario o inclasificable—es ya un tropo de su figura.

La necesidad y el fracaso para clasificar el trabajo de Carrión, me parece, refleja las carencias—y, en ocasiones, los síntomas de cerrazón disciplinaria—que aún sufrimos para abordar labores literarias que van más allá del lenguaje, sobre todo aquellas hechas en medios digitales. Las muchas manifestaciones de las “literaturas extendidas” o “literaturas expandidas”, como se les ha comenzado a llamar, que nos encontramos diariamente en la red han hecho urgente el hacernos de referentes que las informen, legitimen y cimenten en otros quehaceres literarios. De forma casi cómica, el referente de Carrión, lejos de ofrecernos una base sólida y reconocible sobre la cual establecer la crítica de estas manifestaciones, nos regresa al banco de arenas movedizas en el que nos encontramos en nuestra actual ecología de medios.

Carrión no nos resuelve estas preocupaciones, pero sí las pone en práctica y las complejiza. Sus teorizaciones sobre el libro y el correo como estructuras están radicalmente cimentadas en su tiempo y, crean condiciones específicas y alternas a estándares probados. La destreza de Carrión para sacar provecho máximo y dar largo alcance a los medios con los que trabajaba crítica y creativamente revela un interés en los modelos de comunicación y distribución que los habilitan y que son, en sí parte del mundo de la vida diaria. Sus proyectos de arte correo son clara muestra de ello. Un ejemplo temprano de ello, el envío de mil copias, a conocidos y desconocidos por igual, de la invitación para solicitar contribuciones para Other Books and So en 1975 señala su maestría en los dos polos del arte coreo: “la producción de la pieza y el envío de la pieza” (“El arte correo y el Gran Monstruo” 69).

Así, de vuelta a las Humanidades Digitales, el trabajo de Carrión tiene mucho más en común con publicar un proyecto digital en la red y con el crowdsourcing, que con un producto convencional—“los libros de las librerías y las bibliotecas”. La bienvenida de “sugerencias” y “reacciones” que incluye la misma invitación mencionada arriba (“El arte nuevo” 29) así como la petición de “circular esta carta entre amigos y conocidos” crean ecos con los proyectos de humanidades públicas. La galería, sostiene Jan de Rook, fue también una forma en la que Carrión desdibujó la relación entre artista y sociedad (5) y su obra un vehículo en la que apela a sus lectores íntimamente. Las coincidencias entre el trabajo de Carrión y formas de comunicación digitales actuales han llevado a Yépez a sugerir juguetonamente que el arte correo “era un Internet por vía impresa” (“El arte correo de Ulises Carrión”, 232). No obstante, es innegable que la obra de Carrión descansa radicalmente en los medios que utilizó o bien los ámbitos que él convirtió en medios. Con estas analogías no busco leer a Carrión desde el presente o desde las prácticas de comunicación y publicación digital. Por el contrario, planteo posibilidades de trabajo humanístico, análogas a las suyas, fundamentadas en los medios de nuestro tiempo.

Carrión entre lo local y lo global

Aunque no era raro para su generación de artistas, académicos y escritores (y algunas generaciones anteriores que lo precedieron) la salida de México para Carrión no fue como la de muchos de sus compatriotas. Lejos de empaparse del capital intelectual que le permitiera volver a México de forma autorizada, Carrión dejó el país, se dice, para alejarse de las prácticas institucionales que lo rodeaban y en las que no tenía interés o rechazaba tajantemente. Yépez sostiene que “de escritor mexicano literario en camino a la canonización [Carrión] se transformó en artista marginal inmigrante-holandés gay” (“Los cuatro periodos” 22). No solo la salida del país, sino su distanciamiento de la escena literaria mexicana tiñó su figura mientras estuvo vivo y más aún después de su muerte. Su ausencia aparente de varios círculos literarios-artísticos en las últimas dos décadas que mencionan tanto Hellion como Jan de Rook, de la Torre y Agius, responde precisamente a su estatus liminal entre lo local y lo global. Esto, aunado a su práctica multimaterial (o multimedia) como anota John Bennett, “involucra la colaboración entre fronteras, lenguas y culturas, y por ende, se opone intrínsecamente a las instituciones ‘nacionales’” (14).

Carrión adoptó la lengua inglesa como eje de su trabajo después de la publicación de “El nuevo arte de hacer libros” en 1975. No obstante, el español mantiene su presencia y, sin duda, en parte, informa sus teorizaciones. De hecho, en una de las versiones existentes en inglés de “El nuevo arte de hacer libros” que apareció poco después de su publicación en español, Carrión añade una paradójica línea en la que reflexiona: “Printed words are imprisoned in the matter of a book [ . . . ] This sounds better in Spanish, where ‘printed’ is impreso and ‘imprisoned’ is preso. I don’t regret that loss. Playing upon words is a typical lyrical device and therefore I reject it.” Si bien Carrión declara secamente que rechaza los juegos de palabras—razón probable por la cual esta sentencia no ha sido reinsertada o anotada en las nuevas ediciones en español—la autoconsciencia de su uso del idioma no deja de llamar la atención. Asimismo, en algunos de sus escritos se leen las idiosincrasias en su uso de la lengua inglesa; un uso del idioma que ahora reconoceríamos como spanglish. En la invitación para enviar trabajos a su galería se puede leer, “The retail price, less [sic] the usual trade discount of 33%, will be sent to you as soon as the book is sold.” (29), una errata común en los hablantes de inglés como segunda lengua.

Estos detalles que traigo a colación no pretenden ser una crítica a Carrión, sino posibles revelaciones de su relación con su lengua materna y las otras que dominaba—una experiencia reconocible para todos los que vivimos en la hegemonía del inglés en el mundo digital. Además, estos detalles lamentablemente inidentificables en las traducciones realizadas por Yépez, bien podrían iluminar instancias en las que su uso del lenguaje existe en tensión con su postura de no darle prevalencia, o bien una estrategia deliberada de romper las lenguas. En cualquier caso, no debemos perder de vista cómo las lenguas de Carrión son manifestaciones de ser, como lo propone Franco, “un hombre mexicano, pero un artista extranjero.” Carrión no es “ni de aquí, ni de allá” (pongan ustedes sus referentes particulares). Su partida de México, su adopción del inglés como lengua de trabajo y la obra que crea a partir de estos cambios delinean un proceso de incorporación a una escena creativa y teórica que actualmente reconoceríamos como global.

La red internacional teórica y creativa que Carrión tejió sobre la base de su galería Other Books and So y más tarde por medio de proyectos como E.A.M.I.S (1977) y Feedback Pieces (1981) no descansaron sobre la base de su fama, o de su lugar como una figura de autoridad—si bien sí reconocida—sino de una práctica que en estos días reconoceríamos con el mote de construcción de comunidad y que no dependía de una localidad particular. De hecho, en “De las obras-libro a las obras-correo”, Carrión arguye “un artista no necesita vivir en una ‘capital de arte’ para que su voz sea escuchada y, de hecho, existen centros de actividad de Arte Correo en lugares donde no hay galería de arte sino una modesta oficina postal” (97-8). Gerrit Jan de Rook atribuye el gran alcance de la obra de Carrión “no solo a su entusiasmo y las muchas lenguas que hablaba, sino también a sus actividades continuas en diferentes países en los que trabajó para subrayar la importancia de los libros de artista y el arte correo” (3). Carrión no careció de una conciencia multicultural y multilingüe y, claramente, vio en los flujos de información y en los esfuerzos colaborativos una práctica—sus estrategias culturales—que es tanto teórica, como creativa y política.

Carrión y las Humanidades Digitales

El reconocimiento que actualmente goza el trabajo y la figura de Carrión es no solo muy merecido, sino como lo adelantaba al inicio de este texto es también urgente, relevante y tiene mucho que ver con las Humanidades Digitales. Conforme los paradigmas y los medios de trabajo crítico y creativo cambian debido a los movimientos hegemónicos globales y a la proliferación de medios digitales e interacciones entre medios de todo tipo, Carrión ofrece un punto de partida alternativo para abordarlos.

Las enseñanzas que se pueden abstraer del legado de Carrión para las prácticas críticas y creativas de este siglo—entre ellas las prácticas asociadas con las Humanidades Digitales—son muchas. En primera instancia, llama la atención a la formación de redes y comunidades globales como plataformas de creación y distribución—estas redes son un medio en sí mismo. También nos convoca a la creación de vocabularios apropiados para aproximarnos a la producción cultural híbrida—la suya desde luego, pero que se extiende a fenómenos contemporáneos más generalizados. Como consecuencia de esto, pone de manifiesto las carencias y restricciones del pensamiento disciplinario. Por otra parte, exige una profunda conciencia y conocimiento de los medios que utilizamos y señala el potencial de la modificación y apropiación de medios hegemónicos para propósitos específicos y locales-globales.

Debido a su multimaterialidad, a su labor archivística su alcance internacional, su dominio de los medios de comunicación y su labor para formar comunidad, el estudio de la obra de Carrión facilita el estudio de la producción cultural de este siglo. Mucho más hay que decir sobre Carrión y, afortunadamente, mucho más se está diciendo. En una entrada futura, me propongo a discutir su trabajo en diálogo con el nuevo subcampo de los Estudios de Medios Comparativos.

Referencias

Amara, Luigi. “Ulises Carrión: la elegancia y la dinamita.” La cola del mundo. Agosto 2011. N.p. Disponible en internet (http://coladelmundo.blogspot.mx/2011/08/ulises-carrion-la-elegancia-y-la.html).

Bennett, John. “Ulises Carrión: El arte correo y el cambio cultural.” En El Arte correo y el gran monstruo. Juan J. Agius y Heriberto Yépez (eds). México: Tumbona y CONACULTA, 2013. 13-15.

Carrión, Ulises, El Arte Nuevo de Hacer Libros. Juan J. Agius y Heriberto Yépez (eds). México: Tumbona y CONACULTA, 2012.

—-. El Arte correo y el gran monstruo. Juan J. Agius y Heriberto Yépez (eds). México: Tumbona y CONACULTA, 2013. 231-282.

—-. “Textos y poemas.” Plural. Crítica y literatura. Vol. II, No. 16, 1973. 31-33.

—-. “The New Art of Making Books.” Archiv Künstlerbücher. N.p. Disponible en internet (http://www.artistbooks.de/statements/carrion-english.htm).

De la Torre, Mónica. “Ulises Carrión’s The Poet’s Tongue.” BOMB Magazine. N.p. 31 May 2016. Disponible en internet (http://bombmagazine.org/article/6931/ulises-carri-n-s-the-poet-s-tongue).

Fabre, Luis Felipe. Leyendo agujeros: ensayos sobre (des)escritura, antiescritura y no escritura. México, CONACULTA, 2005.

Franco, Daniela. “El Ulises.” Letras Libres. Julio 2014. N.p. Disponible en internet (http://www.letraslibres.com/revista/libros/el-ulises).

Jan de Rook, Gerrit. “Ulises Carrión: Other Books and So.” En Journal of Artists Books 30 (2011): 3–6.

Morales, Lourdes. “Del libro como estructura.” En La era de la discrepancia: arte y cultura visual en México, 1968-1997. Debroise, Oliver (ed.). México: UNAM, 2006. 160-163.

Sherman, Levi. “Art? Skill? Technique?—Ulises Carrion’s Cultural Strategies and Communication Tactics Five Reports.” Journal of Artists Books 35 (2014): 19.

Yépez, Heriberto. “Los cuatro periodos de Ulises Carrión.” En El arte nuevo de hacer libros. Juan J. Agius y Heriberto Yépez (eds). México: Tumbona y CONACULTA. 2012 17-28.

—–. “El arte correo de Ulises Carrión: sellos, estampillas, libros, postales, conceptos.” En El Arte correo y el gran monstruo. Juan J. Agius y Heriberto Yépez (eds). México: Tumbona y CONACULTA, 2013. 231-282.

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Centenarios Digitales

Probablemente existan pocos momentos tan propicios para llevar a cabo conmemoraciones como el cumplimiento de un centenario. En 2014 se cumplieron 100 años del estallido de la Primera Guerra Mundial, lo que generó un boom de atención tanto pública como académica en torno al evento. En Europa, las conmemoraciones de la Gran Guerra han tomado diversas formas; se han llevado a cabo innumerables eventos, ceremonias, congresos, publicaciones y discusiones académicas sobre el tema. Una manifestación particular de este creciente interés en la Gran Guerra ha sido la proliferación de recursos digitales. Tal ha sido el caso de Europeana 1914-1918, una página que contiene materiales de 20 países europeos divididos en grandes categorías como son remembranza, propaganda, guerra áerea etc.  El sitio combina recursos de bibliotecas y archivos de todo el mundo con memorias y documentos de individuos en Europa.

Si bien se ha tratado de un fenómeno europeo, me parece muy interesante destacar el trabajo que se ha realizado en Gran Bretaña. El gobierno británico designó al Imperial War Museum (IWM) como el organizador central de las conmemoraciones británicas de la guerra, el cual recibió un financiamiento de 35 millones de libras por parte del gobierno. El IWM a su vez fundó el First World War Centernary Partnership, una red encargada de unir y realizar colectas de diversas organizaciones culturales y educativas a nivel local, regional, nacional e internacional. Esto resulta muy significativo pues, si bien es cierto que el grueso del financiamiento proviene del gobierno, el hecho de que parte de los recursos provengan de otro tipo de organizaciones nos permite vislumbrar que se trata de un proyecto más amplio, resultado de una acción conjunta que trasciende los intereses y discursos oficialistas. Como parte de los proyectos de conmemoración, el IWM creó el Imperial War Museum Centenary Website, proyecto que sigue activo y continuará actualizándose hasta el 2018.

Este sitio tiene como objetivo informar y difundir recursos así como eventos sobre la Gran Guerra que se estarán llevando a cabo en el mundo durante todo el periodo de conmemoración. Cuenta con un calendario de eventos que muestra la distribución geográfica de las conmemoraciones y la variedad cultural de las mismas, a la vez que promueve la difusión de contribuciones académicas. Este programa busca unir generaciones actuales y pasadas con las vidas, historias e impacto de la Primera Guerra Mundial.

El IWM Centenary Website está asentado sobre las colecciones visuales del museo y muestra una variedad artículos introductorios sobre diversos temas, desde los aspectos más tradicionales de la guerra como las trincheras, el armamento, o los poetas de guerra, hasta aspectos menos trabajados como el papel de la mujer en la guerra, diferentes frentes y los animales usados durante el conflicto.

La piedra angular del proyecto, es el Lives of the First World War Project, el cual busca crear un memorial digital permanente para más de ocho millones de hombres y mujeres de Gran Bretaña y el Commonwealth que participaron en la Primera Guerra Mundial antes de que termine el centenario. La base de datos está cimentada en las fichas oficiales de medallas pero depende de contribuciones públicas para acrecentar sus datos, agregar fotografías e información que ayuden a construir el memorial. Cada individuo cuya contribución a la Gran Guerra esté respaldada por documentos oficiales podrá tener una página personal llamada Life Story donde la información acerca de cada persona y sus experiencias de guerra puede ser relacionada a su Life Story por miembros del público.

Resulta sumamente interesante destacar que se trata de un proyecto colaborativo en el que los ciudadanos toman un rol activo en el proceso de recopilación y organización de la información. Esto permite un acercamiento e involucramiento del público que facilita la distribución y difusión de este tipo de proyectos, además de que profundiza el interés en las conmemoraciones.

Los proyectos digitales sobre la Gran Guerra en Gran Bretaña no se han limitado al trabajo llevado a cabo por el IWM; la British Library lanzó su propia página First World War Website, en la que los recursos de la biblioteca han sido divididos en temáticas generales relacionadas con la historia política, militar y social del conflicto. Además cuenta con una gran cantidad de imágenes y recursos visuales que acompañan a algunos se sus artículos. A diferencia de las otras páginas que he mencionado hasta ahora, la First World War Website está más dirigida a un público académico, los artículos que presentan están escritos por académicos internacionalmente reconocidos y buscar afrontar los distintos debates historiográficos que se han venido presentando desde el inicio de las conmemoraciones.

En este mismo tono, la BBC lanzó una iniciativa propia: http://www.bbc.co.uk/ww1. Algo que destaca en este proyecto es la combinación de distintos recursos y medios, ya que une una variedad de recursos auditivos, visuales y textuales. La mayor contribución de la BBC es el World War I at Home, una serie de artículos que unen historias en temáticas generales. Lo que destaca de estos artículos es que están orientados a un público local, es decir buscan mostrar historias locales del conflicto lo que permite a los usuarios filtrar las historias por regiones, pueblos e incluso códigos postales. Esto refleja la naturaleza variada de las contribuciones que hace el público y complejiza la idea de que hubo una experiencia única compartida en el “home front”

La existencia de proyectos cómo los que mencioné demuestra que las conmemoraciones del centenario de la Primera Guerra Mundial han sido objeto de gran interés para el público. Lo que resulta fundamental de estos proyectos es que no encajonan el entendimiento de la guerra en marcos de interpretación ya establecidos sino que permiten repensar la guerra a través de numerosas nuevas fuentes que por primera vez en la historia se ponen a disposición de cualquiera que esté interesado en el tema, no sólo el público académico, sino el público en general que puede acercarse a la historia de la guerra, a las conmemoraciones y ser un agente activo en ellas. Todo ello abre un mundo de posibilidades para desarrollar nuevas formas de ver y entender el conflicto que cambió por siempre la historia del mundo.

Por último, me gustaría hacer una breve reflexión en torno a otro centenario que se cumplió cuatro años antes, el de la Revolución Mexicana. Si bien es cierto que se llevaron a cabo diversas actividades, eventos, discusiones académicas y publicaciones sobre la Revolución y su conmemoración, no encontramos nada similar a lo que se ha estado desarrollando en Europa en estos años. ¿Acaso no habría sido posible poner en marcha algunos proyectos digitales de la misma naturaleza para conmemorar este centenario? Quizá se trate de un ejemplo más de lo mucho que nos queda por hacer en México en materia digital y nos lleve a resaltar que se trata de un campo fértil para desarrollar diversos proyectos e iniciativas como aquellas que se realizan en otras partes del mundo.

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Estructura y dinámica de las colecciones digitales (II)

En su libro Information and the internal structure of the universe: An exploration into information physics, Tom Stonier estableció que la información humana puede tener una realidad física propia, al margen de su origen humano (o de cualquier otro soporte), y que el mensaje comprende simplemente un patrón de datos subyacente en el portador. Su enfoque realista pone especial atención en que comúnmente se le llama «información» a aquello que solamente es un contenedor de información, pero no a la información propiamente. Esta teoría pone de manifiesto las relaciones fascinantes entre la materia, el conocimiento, la energía y la información.

Como teórico de la información, Stonier (1990) aclaró que la energía y la materia comprenden únicamente la estructura superficial del universo, que es fácilmente percibida por nuestros sentidos, por lo que es, por así decirlo, sólo la «interfaz» con la que nos relacionamos. Hay información que no es percibida fácilmente, pero no por ello es menos real. En este mismo tenor, Fred Dretske (2000), de la Universidad de Stanford, sostuvo que podemos interactuar con ciertos objetos de manera más sencilla que con otros, sólo hay que recordar el ejemplo de una bacteria y una vaca: para ser percibido el agente bacteriano, a diferencia de la vaca, requiere un microscopio (interfaz). La información está en otro plano de existencia, denominado estructura interna del universo, y ésta es tan real como la estructura superficial. De hecho, sin la primera es imposible materializar la segunda. Ambas existen en una interacción dinámica; ambas son dos caras de la misma moneda (como un hilemorfismo aristotélico). De hecho, el concepto latino informatĭo significa «dar forma», en un sentido material, pero también en un sentido mental (conformar ideas). La estructura interna aparece como una conceptualización metafísica, por lo que no es verificable. Desde el punto de vista de Dretske (2008) (quien desarrolló su propia teoría de la metafísica de la información), la información depende directamente o indirectamente de los objetos que la contienen o con los que interactúan.

La visión realista sobre la información es escabrosa, puesto que sostiene que ésta existe independientemente de la inteligencia humana y más allá del mundo fenoménico (los objetos conocidos). La posición realista no se limita al estudio de la información biológica o física. Stonier adujo que: «El libro contiene información que puede ser leída o no. La información está ahí, incluso si no se transfiere a un lector humano […] la información existe. No necesita ser percibida para existir. No necesita ser entendida para existir. No requiere una inteligencia que la interprete. No tiene que tener sentido de existir. Existe… La información es una cantidad que puede ser alterada de una forma a otra. La información es una cantidad que pueda ser transferida de un sistema a otro» (pp. 21 y 26). Una teoría general de la información, en la que puedan ser contempladas con propiedad, en términos conceptuales, tanto las colecciones de obras impresas como las colecciones digitales (más allá de los soportes), debe representar el carácter sutil de la información como estructura interna (sin dejar de reconocer su faceta como estructura superficial) y representar la raigambre de la Cuarta Revolución de la información, que encarna —en palabras del joven Hegel en sus Frühe Schriften— una «revolución secreta que no es visible para todos». Anthony Beavers, director del Laboratorio de Humanidades Digitales de la Universidad de Evansville, aduce que las cuatro revoluciones de la información son las siguientes: la epigráfica o dela escritura, la de la imprenta, la multimedia y, la actual, la digital (2013, p. 52). Según Beavers, «las revoluciones siempre conservan algo del pasado, al que deben mejorar, pues son consideradas bajo un modelo de evolución similar al de las ondas que siguen la estela del desarrollo tecnológico anterior […] La revolución digital, comenzó con la popularización de las computadoras personales alrededor de 1980, ya que se inauguró una era en la que las personas participan colaborativamente interrelacionadas con otros dentro de una extensa red, y estos ‘otros’ son ni más ni menos que procesadores de información no humanos, conocidos como inforgs» (p. 52-53).

La comprensión de la información como estructura interna es muy importante para tener una idea integral de la dinámica, estructura y funcionalidad de las colecciones digitales. Para no dejar este concepto hacinado en el discurso metafísico, es necesario mencionar que la estructura interna puede ser emparentada con el sistema simbólico que conceptualizó Norbert Wiener, o sea, un eslabón intermedio que no está contenido o soportado en un sistema receptor ni en un sistema efector, y que es propio de los seres humanos. Digamos que es un mensaje en el sentido más abstracto (una idea pensada pero aún no codificada en un mensaje, o una decisión procesada cognoscitivamente pero aún no ejecutada). Para Stonier este sistema simbólico puede representarse a través de las letras del alfabeto latino o los nucleótidos de un fragmento del ADN (pp. 61-65).

Sobre este tema, la tesis principal de Stonier se resume en que la información no es sólo una mera construcción mental de los seres humanos (para ayudarnos a entender el mundo en que habitamos), sino que es una propiedad del universo, tan real como lo son la materia y la energía. En este sentido, la información y el significado no son lo mismo. «La información transmitida por un libro es una función del entorno intelectual presente como estructuras de conocimiento ya existentes dentro del cerebro del lector» (p. 22). Es decir, nuestra percepción mental no determina que algo contiene menos o más información: la información está ahí. El hecho de que no podamos comprender un texto en otro idioma no significa que no hay información alguna sino más bien que nuestra mente no puede interpretarla; aunque el ‘lector’ no entiende del todo el mensaje, cualquiera puede reconocer las letras, y el libro sigue teniendo sentido en dos niveles: el libro como un objeto, y las letras como signos. Además de su textualidad, un libro es un material que contiene características alineadas, con un cierto conjunto de matices y formas que un ojo humano reconoce como características específicas de lo que es un libro. Por otro lado, el significado se logra cuando «la información percibida se puede poner en un contexto; la información se vuelve significativa sólo si puede ser analizada, comparada e integrarse con otra información de la que ya existe en el sistema perceptor» (Stonier, 1991, p. 261).

Information flows

Ahora bien ¿Qué relación puede tener la bibliotecología con la información vista como estructura interna del universo? Tradicionalmente, el bibliotecario se acerca a las colecciones documentales a través de los principios de la organización de la información, principalmente con la parte superficial de la información (con los portadores), aunque ésta se da como representación del contenido (estructura interna). De hecho, para los usuarios de las colecciones documentales (principalmente en las digitales), las formas de la organización de la información suelen ser prácticamente invisibles para los usuarios de las diferentes disciplinas académicas que hacen uso de los corpus digitales (formas tales como los estándares de índices y bases de datos, el desarrollo de las estructuras tesaurales, los análisis de dominio con algoritmos como el de Floyd-Warshall, el otorgamiento de valores determinados a los enlaces semánticos, la intercalación de meta-términos y lenguajes latos, etc.). La organización de la información supone la interacción y articulación de la estructura superficial y su estructura interna, o en otras palabras, los signos materiales y las interpretaciones humanas. Pensemos en el proceso primario de organización documental en una biblioteca: la catalogación descriptiva (rasgos materiales) y la catalogación temática (análisis de contenido).

En la tercera fase de transición en el desarrollo disciplinar de la bibliotecología (en las décadas de los años setenta y ochenta del siglo pasado), los medios electrónicos produjeron las principales modificaciones estructurales en las bibliotecas (su objeto de estudio, por ejemplo, se re-ontologizó), representadas por el lema «el servicio es más que un lugar». La nueva tecnología no sustituyó a las bibliotecas, pero sí aumentó su dependencia de las redes. Para Stonier, el concepto tradicional de servicio de biblioteca no está encapsulado por el espacio físico; más bien, se determina por el amplio espectro de «flujos de información» (material o inmaterial, organizada o caótico) y por la lógica (dinámica, epistémica, modal, local) a través de una orden u organización en un sistema. La importancia de las bibliotecas para este autor descansa en el hecho de que no dependen del espacio físico (como ejemplo están las bibliotecas digitales, los servicios de referencia virtuales, las colecciones digitales), por lo que en la práctica los bibliotecarios diversifican la valía de su función, puesto que la información «contribuye a la formación de ideas, juicios y actitudes sociales» (1983, pp. 124-125).

Un flujo de información puede entenderse como «el transporte y transmisión de información por parte de algunos datos acerca de un referente, posible gracias a regularidades en un sistema distribuido» (Floridi, 2004, p. 562). Para Stonier, la palabra «regularidades» implica «las propiedades puramente estructurales que cualquier teoría debe satisfacer. Cualquier teoría con estas propiedades se puede obtener de una clasificación adecuada» (1997, p. 117). Para él, un libro es capaz de transmitir una gran cantidad de información porque la información tiene significado para nosotros. La razón por la que la información ha significado para nosotros es que somos capaces de colocar la información transmitida en un contexto personal. Un libro no sólo contiene mucha información, sino que también transmite mucha información. Por ejemplo, Stonier, Ottley, Silverstone y Steele (1990) mencionaron hace más de veinticinco años que una biblioteca que contara ya con colecciones digitales (versiones digitalizadas de su colección física), se comunicaría con sus usuarios a través de una conexión con cable de fibra óptica, ya fuera texto, audio o video. Dado que el servicio se efectuaba mediante el envío de una señal digitalizada por el enlace de comunicación (y el original no salía de la posesión de la biblioteca), su uso no era tan diferente del servicio de referencia que emitía, en aquel entonces, copia fotostáticas de artículos a petición, que era común en las bibliotecas universitarias.

Esta es una forma primaria de convivencia informativa entre la estructura física de la información y otras estructuras internas. Por supuesto, la imagen de la biblioteca se basaba en gran medida en la estructura superficial (mundo físico); incluso, la idea de las bibliotecas virtuales partía de su referente en el mundo físico (una biblioteca on-line imitando el espacio de una biblioteca física). No obstante, la información digital no es tan fácilmente perceptible como lo es un libro convencional; la información digital es mucho más «sutil», ya que no podemos interactuar con esta información (información cinética) sin una interfaz, sólo con la estructura física (información superficial). Por ejemplo, sin una interfaz sólo podemos interactuar con el disco material o con el polietileno de una unidad USB (información estructural), no con su estructura interna.

Lo que Stonier llamó a estructura superficial y estructura interna de la información, Holger Lyre las denominaría información sintáctica e información semántica: «Llamo información sintáctica una cantidad de distinguibilidad estructural que puede ser medida en bits. Más allá de esto, el aspecto semántico de la información se ocupa del hecho de que la información sólo existe en virtud de un determinado concepto o en un cierto nivel semántico. Por ejemplo, una carta impresa en un papel se refiere a diferentes cantidades de información si se mira bajo el concepto de ‘carta de un alfabeto de un idioma determinado’ o bajo el concepto de ‘moléculas de tinta de la impresora’» (1996, p. 2224).

Cabe mencionar que la información estructural es aquella contenida por un sistema; la información cinética es la que se transmite, procesa o transforma. El siguiente ejemplo no se refiere al libro, pero la sí a la biblioteca. Se puede establecer que la información estructural es el edificio, las salas de consulta, la organización (que implica la división de los departamentos, así como la estantería, que no es sino una objetivación de las reglas de catalogación), la arquitectura, y así sucesivamente (a saber, el espacio y el lugar). La información cinética es latente, es aquella que se representa en la forma de la organización de los documentos, transmitida a través de los servicios y determinada por algunas lógicas (dinámica, epistémica, modal, local). En el caso de la evolución del libro impreso a uno digital, podemos ver un cambio estructural, pero se mantiene la información cinética. Por otra parte, esta última forma implica nuevas formas de flujos de información e incluso nuevos servicios. Los bibliotecarios tienen plena conciencia de su importancia, al mismo tiempo que tratan de establecer un vínculo entre la innovación y la tradición.

Esta forma hilemórfica de percibir e integrar al mundo digital considera la objetividad lógica del proceso que describe la realidad, y la interpretación subjetiva por parte de los individuos. Este enfoque debería satisfacer los objetivos pragmáticos de los bibliotecarios y los objetivos teóricos de científicos de la información, ya que reconoce la existencia de diferentes objetivos y hábitos, tanto en el pensamiento práctico y abstracto y sugiere un denominador común tanto para la interpretación empírica y metafísica de la realidad. Este modelo representa las realidades físicas, filosóficas y culturales de la bibliotecología. La realidad física representa los aspectos de los procedimientos y los registros derivados de la organización de la información; la realidad filosófica simboliza los aspectos conceptuales como el continuum datos–información–conocimiento (llamado también la relación α, β, γ), y la realidad cultural representa aspectos contextuales como las interpretaciones humanas.

Referencias

Beavers, A. F. (2013). Floridi historizado: La cuestión del método, el estado de la profesión y la oportunidad de la Filosofía Información de Luciano Floridi. Escritos: Revista de Filosofía, Literatura y Estudios Clásicos, 21 (46), 39-68.

Dretske, F. I. (2000). Perception, knowledge, and belief: Selected essays. Cambridge: Cambridge University Press.

Dretske, F. I. (2008). The metaphysics of information. En A. Pichler y H. Hrachovec (Eds.), Wittgenstein and the philosophy of information: Proceedings of the 30th International Ludwig Wittgenstein Symposium (pp. 273-284). Frankfurt: Ontog.

Floridi, L. (2004). Open problems in the philosophy of information. Metaphilosophy, 35 (4), 554-582.

Lyre, H. (1996). Multiple quantization and the concept of information. International Journal of Theoretical Physics, 35 (11), 2219-2225.

Stonier, T. (1990). Information and the internal structure of the universe: An exploration into information physics. Londres: Springer.

Stonier, T. (1991). Towards a new theory of information. Journal of Information Science, 17 (5), 257-263.

Stonier, T. (1997). Information and meaning: An evolutionary perspective. Berlín: Springer.

Stonier, T., Ottley, S., Silverstone, R., & Steele, J. (1990). Individual and domestic use of information: Organizations and their use of information. En J. Martyn, P. Vickers y M. Feeney (Eds.), Information UK 2000 (pp. 169-183). Londres: Bowker-Saur.

Wiener, N. (1985). Cibernética o el control y comunicación en animales y máquinas. Barcelona: Tusquets.

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Laboratorios ciudadanos: Repensar la universidad y las Humanidades Digitales

Virginia Brussa y Paola Ricaurte

Introducción

En nuestro actual contexto, son frecuentes los cuestionamientos con respecto a la labor de las universidades, el sentido de la producción académica y su vinculación con los complejos problemas que aquejan a la sociedad. De acuerdo con Heleta (2016) los académicos no se encuentran perfilando los debates públicos. Menciona que anualmente se publica un millón y medio de artículos en revistas académicas, que son en su mayoría ignorados por la comunidad científica. En el caso específico de las humanidades, menciona que el 82% de los artículos no se cita ni una vez.

En una entrevista realizada a Saskia Sassen (Torres, 2016) la socióloga destaca que el mundo académico no está respondiendo a las particularidades del momento. Los académicos, menciona Sassen, se “instalan” en zonas de confort: su carrera académica, sus publicaciones, el uso de categorías dominantes, y no arriesgan, ni en la comprensión profunda y problematización de los conceptos para abordar fenómenos contemporáneos, ni en abrir nuevas fronteras de investigación. Kathleen Fitzpatrick (2011) utiliza el concepto de obsolescencia como una categoría pertinente para dar cuenta de una serie de condiciones culturales asociadas con el sistema actual de producción y difusión del conocimiento en el horizonte tecnocultural: la revisión por pares, las nociones de autoría, la categoría del texto y el papel de la universidad.

Esta situación pone de relieve al menos tres problemáticas que nos interesan: por una parte, la necesidad de reconfigurar el papel (y la estructura administrativa) de las instituciones educativas para que den respuestas a los problemas sociales desde nuevas aproximaciones; por otra, transformar los sistemas de producción de conocimiento; y por último, reflexionar sobre el lugar de las humanidades en este escenario.

Este texto tiene como propósito ofrecer un panorama sobre los laboratorios ciudadanos como a) un modelo de transformación institucional; b) una estrategia que permite reconceptualizar la producción de conocimiento desde la academia; y c) una apuesta para promover visiones alternativas sobre el trabajo de los académicos en las humanidades (digitales).

Laboratorios ciudadanos

Los laboratorios ciudadanos se conciben como espacios abiertos para desplegar la capacidad innovadora de la ciudadanía (Innovación Ciudadana, 2013). Sanguesa (2014) realiza una genealogía sobre las diferentes modalidades de laboratorios introduciendo un aspecto relevante a tener en cuenta para su desarrollo en una ciudad, en una universidad: es la capacidad democratizadora que pueden impulsar estos espacios en sus diferentes formas. Para ello, retoma la actualización que realiza Veak (2006) del marco democratizador de Feenberg en relación a cómo la participación del ciudadano puede ser más o menos pasiva en instancias que van desde la adquisición de competencias digitales a la toma de decisiones al interior de estos espacios tecnoculturales. A partir de estas premisas, los laboratorios en sus distintas versiones podrán ir entendiendo e incentivando la mayor o menor participación ciudadana según sus objetivos.

Haciendo uso de este repaso histórico, Sanguesa analiza los laboratorios ciudadanos a partir de un antecedente: los city labs. Estos últimos se diseñaron como receptores de iniciativas ciudadanas, donde de forma compleja los ciudadanos colaboran y aprenden a partir de la guía de un staff. Sin embargo, frecuentemente son espacios donde priman proyectos top-down y con poca participación de la ciudadanía en la toma de decisiones. Por tanto, la democratización es limitada.

Esos laboratorios preliminares o city labs han evolucionado en su entramado a través de proyectos como el de MediaLab-Prado donde no sólo se insta a una mayor agencia de los participantes sino también a una mayor toma de decisión sobre los procesos de producción.

Es interesante también apuntar -siguiendo con la caracterización presentada- que muchas veces se asumen los laboratorios ciudadanos como living labs. Esta perspectiva tiende a ser transformada por la irrupción de las modalidades iberoamericanas derivadas de la propuesta de Innovación Ciudadana perteneciente a la SEGIB y apoyada por el MediaLab-Prado.

Los living labs, entendidos como modelos triple hélice que buscan las alianzas entre gobiernos, empresas y ciudadanos, se han institucionalizado a partir de la llamada Red Europea de Living Labs (ENoLL por sus siglas en inglés). Estos laboratorios ofrecen recursos que llevan a entenderlos como ciudadanos dado su factor territorial, sus objetivos de innovación abierta, de generación de proyectos colaborativos. Sin embargo, son espacios donde las estrategias de participación son muy similares a los de los city labs que detallamos anteriormente. El involucramiento de colectivos o ciudadanos frecuentemente aspira a la transmisión de competencias digitales y los resultados no contienen a sus autores más que como usuarios de los productos realizados colaborativamente. Es decir, durante el proceso el ciudadano podría no formar parte activa de las decisiones sobre qué, cómo y por qué llevar a cabo una innovación de impacto cívico. Bajo esta premisa, no todos los living labs pueden ser considerados estrictamente como laboratorios ciudadanos.

En contraste, en el espacio iberoamericano, se está trabajando en pos de garantizar no sólo la agencia o competencia digital de los participantes de un laboratorio ciudadano, sino también profundizar la democratización al interior de los mismos. La disrupción provocada por este tipo de modalidad ha sido acompañada por el MediaLab-Prado desde sus inicios, por eso no podemos dejar de señalar la impronta que Madrid, y los procesos de transformación ciudadana de años recientes, le han conferido.  

La primera variable importante de remarcar es que a diferencia del paradigma sobre innovación (abierta) que subyace a los living labs de tinte europeo clásico, los laboratorios ciudadanos iberoamericanos proponen definir una innovación de fuente ciudadana entendida como “la participación activa de ciudadanos en iniciativas innovadoras que buscan transformar la realidad social, a fin de alcanzar una mayor inclusión social” y agrega:

Dado que la innovación ciudadana es un proceso de creación desde abajo hacia arriba (bottom-up), es decir, surge desde la base ciudadana de forma bastante autónoma en relación a las instituciones gubernamentales, es importante que el rol de los gobiernos sea el de sumarse al proceso de comunidades de práctica, herramientas u otras plataformas que estén generando IC, a fin de colaborar e impulsar, procurando no apropiarse o liderar estos procesos que por su naturaleza son participativos y horizontales. Es decir, en la IC el rol del gobierno puede ser el de acelerador y facilitador de un ecosistema propicio para que la iniciativa privada, la academia y la sociedad en general desarrollen, compartan y promuevan la investigación y la innovación (Carta XXIII Cumbre Iberoamericana, 2013)

Esta distinción es crucial para distinguir los laboratorios de innovación social en general, de los laboratorios que pueden asumirse como ciudadanos: es decir, donde los procesos son originados, definidos y gestionados por las comunidades.

Laboratorios ciudadanos versión iberoamericana

A mediados del año 2013 el grupo de trabajo de Innovación Ciudadana de Iberoamérica perteneciente al proyecto Ciudadanía 2.0 de la Secretaría General Iberoamericana y el Medialab-Prado coordinaron la redacción de un texto sobre laboratorios ciudadanos que fue puesto en consideración de forma abierta para su confección colaborativa. De dicho texto surgen consideraciones interesantes y diferenciadoras sobre cómo entender la innovación en el contexto regional. El proyecto a su vez pone en discusión no sólo un nuevo paradigma de participación ciudadana y de laboratorios, también apuesta por una nueva mirada sobre el accionar de los organismos internacionales desde los órganos de la Organización de Estados Iberoamericanos. Esa transformación sobre la instrumentación de la innovación a través de un modelo de cuádruple hélice que incluye la participación de universidades, colectivos, gobiernos y empresas es un hecho relevante en el esquema de creación de “otra” agenda de los organismos de naturaleza regional.

De los textos originados en dicho espacio podemos rescatar concepciones que revitalizan la capacidad democratizadora como elemento sustancial de los laboratorios fortaleciendo de esta forma  un marco normativo y de práctica como aquella instaurada por la Red Europea de Living Labs. Sin embargo, aquí se fortalece la injerencia del ciudadano proactivo en su propuesta de crear como estrategia regional con carácter global laboratorios ciudadanos como espacios de innovación ciudadana diciendo que:

Son espacios en los que las personas con distintos conocimientos , habilidades y distintos grados de especialización académica y/o práctica se reúnen para desarrollar proyectos juntos. Espacios que exploran las formas de experimentación y aprendizaje colaborativo que han surgido de las redes digitales para impulsar procesos de innovación ciudadana. Desde la perspectiva de la Innovación Ciudadana, estos proyectos trabajados y generados en laboratorios ciudadanos tienen la característica de buscar una transformación social, que contribuya al desarrollo cultural, social y económico de nuestros países. (Laboratorios Ciudadanos, 2014, p.2)

En la carta presentada a los Jefes de Estado en la Cumbre de Panamá (2013) se recalca la premisa de ser espacios distintos a las instituciones públicas clásicas, haciendo alusión también a la universidad, ya que no es una reunión de expertos, no tienen como objetivo solamente el acceso o difusión de iniciativas de ciudadanos o colectivos, sino que apuntan a la intervención de los individuos (usuarios-participantes-agentes) en todo el proceso creativo.

Así se ha plasmado en sus dos instancias, en el Laboratorio Iberoamericano de Innovación Ciudadana en México en 2014 (LABICMX) y el de Brasil en 2015 (LABICBR) donde una veintena de proyectos colaborativos han surgido del trabajo conjunto entre ciudadanos iberoamericanos con distintas competencias, intereses y perspectivas frente a la idea de innovación abierta.

Muchos elementos se pueden analizar de sendas experiencias, pero referiremos algunas específicas que aportarán a la apertura de la universidad hacia estas modalidades de colaboración y experimentación. Uno es justamente el hecho de la convergencia en dicho ámbito de lo interdisciplinar para la gestión de los proyectos. Del origen de colaboradores, mentores, coordinadores, panelistas que se encuentran de hecho formando parte de un ambiente o ecosistema híbrido del “hacer” , entre lo académico tradicional y la experimentación colaborativa propia de un laboratorio o iniciativas de innovación cívica. Otro, es la conciencia colectiva sobre la necesidad de cruzar las fronteras de las instituciones, de las disciplinas, de los datos, de los prejuicios, del mismo “territorio” físico del laboratorio para lograr la incidencia social deseada.  

En ese sentido, es que consideramos estos labs como modelos a seguir tanto para pensar la universidad como para el campo de las Humanidades Digitales. Se abren con ello, dos ejes de discusión, uno al interior de la institución, y otra frente al quehacer de las HD en Iberoamérica.

La universidad, las humanidades y el laboratorio

Mientras el mundo se mueve de manera vertiginosa, las universidades han transformado poco las lógicas de operación y la estructura organizacional heredadas del medioevo. Sin embargo, en algunas instituciones se está replanteando la refundación del modelo de universidad que necesitamos para la realidad contemporánea. Las apuestas más disruptivas proponen universidades sin infraestructura, universidades sin currículum o universidades en las que la cooperación para la solución de problemas es el eje que guía el aprendizaje. A pesar de ello, siguen siendo escasas las propuestas que desde la estructura académica, la administración o las formas de validación, rompan con los modelos dominantes de producción de conocimiento.

El Director del Metalab de Harvard, Jeffrey T. Schnapp, en una charla titulada “Innovación Universitaria: evolución y futuro”, argumenta sobre la necesidad de que en la universidad se recupere el valor del “no saber, la invención, la experimentación” (Schnapp, 2016). Sostiene que la experimentación debe defenderse como valor fundamental: arriesgarse, aventurarse en donde uno no es un experto o un especialista. En segundo lugar, la colaboración. No hay nadie que tenga la expertise necesaria para responder preguntas importantes. La complejidad no se puede abordar de manera individual ni fragmentada. Por ello habla de articular los saberes en mosaico: comunicarse con otros, intercambiar con otros, traducir, colaborar. Plantear de manera transversal la relación entre disciplinas, modelar, nuevas formas de saber, nuevas maneras de formación.  Alcanzar la traducción entre mundos diversos no desde la teoría, sino desde la práctica, desde el hacer.

Para Schnapp (2016) la noción de laboratorio tiene muchas ventajas porque nos ayuda a capturar esta realidad dinámica, que que está modificando todos los saberes no sólo el sector humanístico (Schnapp, 2016).  Por ello sostiene que incluso prefiere hablar de las universidades como de laboratorios de diseño de conocimiento: un lugar de producción en el que se articula lo experimental con lo conceptual.

Ese llamado a derribar muros e ir hacia la búsqueda de otros mundos fuera de la Universidad, va en consonancia con la publicación realizada por el columnista del New York Times, Nicholas Kristof (2014) titulada “ Profesores, los necesitamos”. Un pedido imperante focalizado en la apuesta necesaria  que los integrantes de las unidades académicas debieran realizar para enfrentarse a la distracción que la estructura institucional les impone. Es decir, equilibrar la cuantificación de papers, de validación entre expertos con la experimentación y  la cercanía con otros objetos de estudio.

En ese sentido, las nuevas modalidades de democratización de la tecnología y conocimiento en laboratorios y los elementos propios de los mismos el prototipado son relevantes en un contexto de transdisciplinariedad, de emergencia de nuevos métodos de investigación, de la era de la abundancia en las ciencias sociales (Venturini y Latour , 2010).

Las Humanidades y Ciencias Sociales Digitales construyen un puente y abren el debate a partir de la profundización de la incidencia de los “métodos digitales de investigación” en relación a cómo introducir lo computacional-digital en los procesos académicos y nuevos objetos de estudio en su fase más próxima. Así lo plantea por otro lado Estalella (2013) en sus ciclos de seminarios titulados “¿Métodos digitales?: un prototipo experimental para la investigación social”, donde expresa la tensión entre métodos tradicionales, digitales o su síntesis para afrontar la investigación en nuestros días.

Inevitablemente, nuevos objetos digitales requieren transformaciones en la forma en que nos aproximamos a ellos. Necesitan de la experimentación directa y permiten la consideración del prototipado como práctica complementaria a la producción académica clásica. El estado beta, de cambio continuo e inherente, es inherente no sólo a la realidad que estamos llamados a transformar, sino a la tecnología como objeto y herramienta.

En consecuencia, es necesario ampliar la actividad propia de la academia hacia la cultura de la producción y el compromiso para encaminarnos hacia la cultura del prototipado extendido tal como explicita Lafuente (2010) en su texto “Taller de Prototipado”. En ese sentido Lafuente aboga por “la necesidad de ampliar el concepto de prototipo para que no sólo abarque el diseño de objetos, sino también el de servicios, instituciones y redes”. La universidad como institución quedaría implicada en esta tarea de fortalecer modos abiertos de producción.

El presente de las humanidades (digitales)

En su texto A letter to the Humanities: DH will not save you Koh (2015) realiza una crítica a los abordajes que abrazan las humanidades digitales como salvavidas para los departamentos de humanidades en Estados Unidos (y podríamos decir que en otros espacios geográficos) y a las tendencias que se enfocan en el aspecto tecnológico -las herramientas, los grandes datos, los proyectos/desarrollos- más que en la dimensión cultural y las preguntas que desde las humanidades deben plantearse para estudiar estos fenómenos. Koh recuerda que no puede haber cabida para las visiones restringidas. Menciona que es necesaria una perspectiva más amplia que no deje de lado ámbitos que han sido constitutivos de las humanidades digitales: la pedagogía digital, los medios digitales, los estudios poscoloniales o el feminismo: “No podemos construir herramientas sin hacer explícita la estructura ideológica del proceso y sin dejar abiertos a escrutinio sus efectos sociales y sus presuposiciones”. La autora plantea que las humanidades digitales no pueden contribuir a la reproducción de la dominación y que no pueden dejarse de lado las cuestiones de clase, raza, etnia, género, sexualidad, capacidades diferentes o nacionalidad. Esta demanda abierta a las humanidades digitales se suma a la planteada por Gold (2012) sobre la necesidad de reconocer que las humanidades digitales, más allá de incorporar nuevas metodologías o prácticas pedagógicas, abren la puerta a la reconfiguración del ecosistema académico de producción de conocimiento: “como fuerza política disruptiva que tiene el potencial de cambiar los aspectos fundamentales de la práctica académica”. Para Borgman (2009) “la migración del patrimonio cultural a formatos digitales altera nuestra relación con el conocimiento y la cultura” y las humanidades digitales ofrecen una oportunidad de presentar marcos interpretativos para estas nuevas formas de producción y difusión del conocimiento.

Desde la orilla hispanohablante hemos mencionado a partir de Mignolo (2003) la necesidad de recuperar la razón crítica de las humanidades digitales (Ricaurte, 2014) y plantearnos esas preguntas fundamentales. Es necesario detonar el carácter recursivo del campo. En la experiencia mexicana, los proyectos que se han impulsado desde la Red de Humanidades Digitales han tenido que implicarse en la transformación institucional para que les den cabida y legitimación, y a la par trabajar en el desarrollo de una cultura digital a nivel institucional -y también a nivel de la comunidad- que vaya más allá de la apropiación tecnológica. Este esfuerzo ha abonado a la cultura de la colaboración, la interdisciplina y la tendencia hacia lo abierto. Sin embargo, queda aún pendiente abordar de manera más explícita las implicaciones y los efectos socioculturales que se derivan del desarrollo de los proyectos, las formas emergentes de producir y difundir conocimiento, la innovación institucional, educativa y social. Existe también la necesidad de incorporar en el debate a las humanidades públicas y el trabajo los académicos más allá de los índices tradicionales de evaluación de la productividad científica. En ese sentido, al hacer hincapié en las humanidades públicas, un paso hacia la apertura del campo podría ser el hecho de incorporar entre sus filas perspectivas asociadas a la ciencia abierta y ciudadana de tal forma de amalgamar la institucionalidad que trae en su genética con la conciencia e incidencia colectiva.

Diversas experiencias en Iberoamérica demuestran que existen posibilidades para impulsar laboratorios que permitan cumplir tanto con la necesidad de renovación institucional y la reconfiguración del sistema de producción de conocimiento, así como con la urgencia de volcar la academia hacia las comunidades e imaginar las posibilidades de las humanidades en este proceso. En las universidades en Iberoamérica podemos constatar la fundación de laboratorios de diversa índole: humanidades digitales, medialabs y living labs (LINDH-UNED y UBA; Medialab UGR, Universidad de Granada; Laboratorio de Cartografías e Historia Digital, Universidad Nacional de Colombia; OpenLabs, Tecnológico de Monterrey;  +DataLab/CIM de la Universidad Nacional de Rosario; Laboratorio de Estudios sobre Imagen y Cibercultura (Labic) de la Universidad Federal de Espíritu Santo; Medialab de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, entre otros). No todos se plantean como laboratorios ciudadanos, pero se encuentran acomunados en la cultura digital y abierta.

Por esta razón, consideramos que los laboratorios ciudadanos como instancia culmen de la democratización de la producción, impulsados desde la academia y, en particular, desde el campo de las humanidades digitales, pueden servir como una plataforma útil para alcanzar estos objetivos.

Conclusión

Como hemos mencionado, planteamos que la complejidad de la realidad social requiere de propuestas alternativas, innovadoras y arriesgadas que incorporen al mayor número de actores para pensar y hacer juntos. Hablar de innovación en cualquier ámbito requiere de instituciones distintas que apuesten por una cultura de la experimentación, la prueba y el error, los modelos inacabados, flexibles, en construcción permanente. La innovación educativa y social requieren de apertura.

A través de este ejercicio de reflexión buscamos argumentar que los laboratorios ciudadanos son plataformas que permiten habilitar procesos creativos y productivos para la transformación social e institucional. No hay un modelo ni formato único de laboratorio. Sin embargo, consideramos que desde las universidades es importante rescatar la vocación de experimentación propia de la innovación y la generación de conocimiento para transformar la cultura académica, el entorno y las comunidades. Las humanidades tienen una oportunidad invaluable de incidencia en este proceso.

Referencias

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Estalella, A (2013). ¿Métodos digitales?: un prototipo experimental para la investigación social. Recuperado el 4 de abril de 2016, de http://bit.ly/1Mch0yH

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Kristof, N (16 de febrero de 2014) . Professor, We need you. New York Times . Recuperado el 5 de abril, de http://nyti.ms/1bznipM

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McCarthy, S. & Witmer, A. (2016). Notes Toward a Values-Driven Framework for Digital Humanities Pedagogy. Hybrid Pedagogy. Recuperado de http://bit.ly/1Y003YI

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Schnapp, J. T. (2016). Innovación Universitaria: evolución y futuro. Recuperado el 4 de abril de 2016, de http://bit.ly/238aArT

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Estructura y dinámica de las colecciones digitales (I)

Para los humanistas que trabajan habitualmente en el entorno digital, al realizar sus investigaciones, las colecciones digitales se han convertido en recursos sumamente familiares. A pesar de sus rasgos característicos, sus procesos de organización y diseminación aún guardan cierta similitud con los de las colecciones físicas, por lo que puede ser difícil para algunas personas reconocer la novedad o singularidad de las colecciones digitales y las condiciones epistemológicas distintivas en las que se nos presentan.

Para ilustrar esta novedad, se debe tener en cuenta que con una colección digital (a diferencia de una colección física) sus elementos constitutivos ya no son la unidad primaria de significado. Por ejemplo, el visor de n-gramas de Google (https://books.google.com/ngrams) ofrece una perspectiva de la colección de Google Books pero no sólo como un conjunto de textos, sino como un conjunto de grupos de palabras que se pueden filtrar por hora e idioma. Los modelos de visualización son una aproximación a las colecciones en las que se produce la detección de los elementos textuales específicos dentro de una agregación, en vez de sólo el descubrimiento de tendencias, subgrupos y patrones.

Una colección digital puede surgir, por supuesto, como una representación de una colección física (la colección de una biblioteca o la colección de un museo, por ejemplo), pero ¿en qué medida está gobernada aún la dinámica de una colección digital (casi como un vestigio) por la misma lógica y régimen de gestión de las colecciones físicas (ligados a la proximidad)? La digitalización de una colección física se basa en la aparición de un conjunto estándares, métodos y en la capacidad de repetir el acto de la digitalización de una manera consistente a través de los varios elementos que constituyen la colección.

Mientras en una colección tradicional los metadatos son altamente significativos para un usuario por ser una forma eficaz de localizar el elemento específico que se busca, en una colección digital es el usuario quien debe ‘adjuntar’ la mayor parte del significado a la masa contextual. Según la bibliotecóloga Carole Palmer, decana de la Universidad de Washington, en su artículo de 2010 «Beyond size and search: Building contextual mass in aggregations for scholarly use», esta ‘masa contextual’ implica la interconexión que tiene una colección con respecto a un tema o a un programa de investigación específico, a través del cual se pueden mostrar secuencias modeladas que son relevantes e informativamente significativas.

En el mundo del hipertexto, la singularidad de un texto unitario es comprendida a partir de la serie de intersecciones resultantes en relación con la pluralidad del mundo hipertextual a través de un enlace, que no es otra cosa que un símbolo que funciona retóricamente para conducir a un lector de un locus textual a otro, a lo largo de una senda de lectura. Esta estructura rizomática y descentralizada es entienda como la base para una revisión radical de la textualidad y su política.

La lógica estructural de las colecciones digitales sitúa al texto dentro de un aparato de gestión especial. El texto, como unidad, se contextualiza dentro de la pluralidad de la colección a través de metadatos, por medio de un dispositivo de búsqueda y navegación especial para la colección. Estos mecanismos no son parte de la retórica del texto como tal, sino más bien se constituyen como capas de información que pueden operar de forma independiente. Los estándares de datos y los métodos digitales a través de los cuales podría tener lugar este tipo de contextualización, son las de los archivos digitales y las bibliotecas digitales. Se cuentan con ejemplos claros, como la Text Encoding Initiative (TEI), que se puso en marcha en 1987 con el objetivo de proporcionar un lenguaje común para la representación de metadatos y transcripciones de fuentes primarias. También se puede mencionar la Encoded Archival Description (EAD), que inició poco después de la TEI, y que surge como un lenguaje para la representación de los instrumentos de descripción de archivos en formato digital. Esfuerzos de investigación como estos, proveen de estándares de datos para toda una nueva infraestructura de investigación de las ediciones digitales, archivos digitales, colecciones digitales, y proyectos de digitalización.

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Una introducción a las ediciones críticas digitales

Desde hace tiempo, el desarrollo de los sistemas de publicación digital, en línea como fuera de ella, han generado muchas expectativas para la publicación académica, específicamente para la edición crítica de textos. En términos muy generales se piensa que las publicaciones digitales facilitan la publicación de ediciones críticas, que en su gran mayoría carecen de interés comercial para las editoriales, porque reducen su costo de producción, facilitan su difusión y ofrecen formas de enriquecer la edición de formas impensables en un libro tradicional.

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Si estas han sido las expectativas, lo cierto es que hoy existe una experiencia en el desarrollo de ediciones críticas digitales que permite reflexionar, con bases más concretas en la práctica, cuáles son las oportunidades ganadas, los cambios y los retos de la edición crítica digital.

El objetivo del libro Digital Critical Editions (2014, University of Ilinois Press) editado por Daniel Apollon, Claire Belisle y Philipe Regner es reflexionar sobre las condiciones que lo digital abre y establece para las ediciones críticas. Estas condiciones son, en un síntesis propuesta por los autores:

  1. La accesibilidad de los textos
  2. Las herramientas de edición
  3. Un nuevo régimen político de edición
  4. Los lectores como usuarios y actores

Estas están acompañadas, también, por nuevas prácticas editoriales que implican:

  1. La reunión y selección de los textos
  2. El marcado del texto
  3. La transformación por el algoritmo
  4. La presentación

Como ya es evidente para todos, la digitalización de textos ha tenido dos grandes consecuencias: por un lado, se ha facilitado su acceso; es decir, se han puesto a disposición de todos muchas obras. Pero esta sobre abundancia no ha ido acompañada de un trabajo editorial que nos permita, en todos los casos, identificarlas plenamente y tener elementos para valorar los textos a los que tenemos acceso. Para los autores es un imperativo de la academia responder a este desafío planteado por las nuevas formas de circulación de textos, y ello le impone a la crítica, específicamente a a crítica filológica, un papel protagónico.

La idea central, predominante en toda la argumentación de los diversos ensayos que componen el libro, es la idea proveniente de la filología clásica de que la base de cualquier edición crítica es la construcción de un texto “autorizado”.  El término aquí no significa, ingenuamente, el texto ideal que brota de la mano del autor –aunque en muchos ensayos esta parece ser la meta final-, sino el que resulta del estudio dedicado de la obra. Solo que esta labor, en la era digital, implica un trabajo con herramientas cuyo estatus e implicaciones no están del todo claras.

Dos cosas destacan en la reflexión que hacen los autores:

  • Su renuncia expresa a considerar las bases de datos como herramienta para las creación de una edición crítica. Concretamente, utilizar una base de dato es “jeopardarsing textuality itself by barbarously atomizing it”;
  • La forma en que se preguntan por el estatus del texto marcado con los estándares TEI.

Uno de los aciertos más significativos de la obra es, sin duda, la identificación de este ultimo problema, central para la edición crítica digital. La cuestión es la siguiente:  la separación entre la transcripcion del texto y su presentación, que ocurre solo después de que el texto ha sido marcado con TEI, deja a este sin un estatus claro. De hecho, tenemos por un lado la transcipción, por otro el documento marcado y por otro más la presentación. Cabe aclarar que a una misma transcripción pueden corresponder diversos marcados y distintas presetnaciones, lo que enfatiza la diferencia entre la transcripción y la presentación, y acentúa el carácter intermedio, abiguo, del texto marcado en el que se asientan de alguna forma, los principios de edición en este nuevo formato. Las marcas son, sobre todo, la expresión de los criterios editoriales.

Por lo demás el libro es, en términos generales, una buena introducción a los problemas y tareas que se emprenden al hacer una edición crítica en función de las distintas metodologías que hoy los editores pueden seguir para estudiar el texto. En otro sentido, es también un amplio repaso de algunas de las cosas que han emergido con la aparición del texto digital, como por ejemeplo, el tema de la lectura, en el que afirma que “transporting written texts from paper to digital forms has led to the awarenes that many caracteristics atrributed to knowledge were in fact primarily characteristics of print.”  En suma, una buena obra de consulta para aquel que quiere explorar el campo de la edición crítica digital.

Solo dos cuestiones que deben ser tomadas en cuenta antes de leerlo: el libro tienen una deuda profunda con una visión clásica del trabajo filológico, lo que es paradógico puesto que la digitalización ha puesto en cuestión los principios de esa visión, al menos desde Cerquiglini (In prase of the variant 2000). Por otro, y esta es siempre desalentadora, pese a que el libro fue publicado en 2014, sus ejemplos son anteriores a 2012, por lo que está rebasado en algunos aspectos, tanto por los nuevos desarrollos de ediciones críticas, como por las discusiones académicas que han continuando después de su aparición.

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