Et in Arcadia ego. Los condicionantes del canal en la comunicación digital

Nos parece obvio, aún ahora, que una pantalla no está hecha de papel. Pero, de ser así, ¿por qué la empleamos como si lo fuera? ¿Por qué seguimos empeñados en producir, del otro lado de la pantalla, lo mismo que producimos en papel? Si hemos creado un canal nuevo, ¿no deberíamos empezar a emplearlo aprovechando sus características diferenciadoras, esas que lo distinguen del que empleábamos antes, del papel? Se tiende, pues, a hablar de lo que nos permite hacer la máquina, y no de lo que no nos permite y cómo transforman sus condicionantes nuestra comunicación.

Y es que la diferencia parece radicar únicamente en el canal. Cuando Lucía Megías (José Manuel Lucía Megías, Elogio del texto digital, Madrid, Fórcola, 2012) nos remitía a la extraordinaria revolución producida por un cambio en el canal, como fue el paso del papiro al códice-libro, lo hacía tanto desde el futuro como desde el pasado, metafóricamente hablando, para poner de relieve esa diferencia. Et in Arcadia ego…, pero es en el presente en el que uso la pantalla y el papel, a veces simultáneamente y, en ocasiones como esta, de la misma manera. La transición nos obliga a cambiar nuestras formas.

La pantalla ha sido creada, por el hombre, a imagen y semejanza del papel. El códice fue creado, de forma similar, cosiendo iguales pedazos de papiro tan pequeños que pudieran manejarse, al menos, con una mano. Ahora el manejo es similar, no ha cambiado tanto. Hay quien, como yo, sigue empleando una sola mano para escribir en el teclado; hay quien emplea un lápiz óptico, o su propio dedo, para garabatear la pantalla táctil; hay quien dicta a la máquina. Y es eso precisamente lo que ha cambiado: ahora empleamos un traductor.

La máquina -la computadora- tiene un lenguaje propio, no tan diferente del nuestro. Del mismo modo que el ser humano no puede procesar una decisión activa por vez, la máquina tampoco. Quizás, con suerte, poseamos una máquina capaz de desarrollar dos acciones simultáneas, aunque no es lo común. Lo común es que todo lo que le digamos a la máquina, lo hará (dentro de sus posibilidades), y nada más allá. Todo se reducirá, en un momento dado, a una elección mínima: el 0 ó el 1, un sí o un no, dios o el demonio, la pastilla roja o la pastilla azul. Y ese primer condicionante lo implantamos desde el diseño de la máquina, pues diseñamos las máquinas desde abajo y hacia arriba, y no a la inversa.

La traducción hacia la máquina nos fuerza a comportarnos de una manera concreta hacia ella. Si bien nosotros damos las órdenes y ella obedece, es forzoso que le sea comprensible para producir el efecto deseado. Para ello dotamos a la máquina de ciertos mecanismos de proceso (de ciertos dispositivos, si se quiere) diseñados para que la traducción en el sentido ser-máquina sea factible, y del mismo modo para que lo sea en sentido inverso. Por lo tanto, podemos decir que condicionamos a la máquina para que se comporte de cierta manera con respecto a cada orden que le demos. ¿Puede una máquina comportarse de otra manera? No.

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Giorgio de Chirico, «La nostalgia dell’infinito», óleo sobre tela, 1913.

Puede parecernos también que la máquina nos permite hacer cosas de las que no somos capaces. Dejando de lado la variable de la velocidad de procesamiento, en la que la máquina nos es de (in)finita ayuda, podemos gracias a los dispositivos -bien físicos, bien virtuales (pero no por ello menos físicos)- desarrollar nuevas formas de comunicación. Así lo creemos. Pero es una falacia. Nosotros no podemos obtener información salvo por los sentidos, que yo sepa. Del mismo modo, la máquina, por haber sido creada a imagen y semejanza del hombre (y la pantalla a imagen y semejanza del papel), mantiene unos condicionantes que la obligan a comportarse, en el todo, como un humano. Y si un humano se puede comunicar mediante movimiento con otro humano, del mismo modo la máquina puede hacerlo; y de igual forma, si un humano puede comunicarse mediante sonido, la máquina también. ¿Cuál es la diferencia entonces? Hay varias: enunciémoslas.

En primer lugar, como ya dijimos, la decisión es limitada a preguntas simples, desglosándolas siempre en pedazos más pequeños hasta obtener minúsculas preguntas del tipo sí-no. No es un ejercicio teatral para la máquina, que opta por almacenar la respuesta correcta. Una computadora algorítmica no puede entrar en indeterminación si tiene toda la información necesaria para responder a la pregunta. Por contra, para nosotros sí es un ejercicio teatral: sufrimos porque, quizá, creemos no poseer toda la información necesaria. Esta primera condición es absoluta, y rige toda comunicación.

Pasemos ahora al método de entrada de la información, es decir, a la forma en que el ser humano muestra a la máquina cómo debe comunicarse con él. Mediante el procesamiento de lenguajes naturales podemos comunicarnos de forma más amable con la máquina. La aspiración última es hacer creer al humano que no habla con una máquina, sino con otro humano. Es, de nuevo, una falacia: la aspiración última siempre será crear otro humano. La imitación lleva necesariamente a la reproducción, incluso entre máquinas, y si bien no podemos crear nada superior a nosotros (¿cómo se nos ocurriría la idea?, ¿crearíamos a C-tulhu?), una máquina tampoco. Las máquinas, por el momento, no están sometidas a mutaciones genéticas: no son «máquinas de genes», en el sentido que los neodarwinianos lo entenderían. Cuando el ser humano creó al dios judeocristiano, hizo que éste creara al hombre a su imagen y semejanza. No es tanto una cuestión de imaginación, como de posibilidad física. Un humano puede crear un dios, incluso muchos dioses, pero si se juntan varios sólo lograrán crear una religión. Esta es la segunda condicionante: no podemos comunicarnos con la máquina de ninguna forma «superior», y es la máquina -y el ser humano que la creó- quien impone la forma de la comunicación.

El tercer condicionante es de orden inverso: podemos hacer todo más rápido, y podemos hacerlo de distintas maneras, pero también podemos deshacerlo. Cuando un humano escribe en un papel, no puede deshacer lo hecho. Incluso, aunque lo hiciera finamente con un lápiz blando y lo borrara inmediatamente con todo cuidado, no podría deshacerlo. Sólo quedaría destruir el papel. La transformación del material es inherente a la acción. Con la máquina no lo es, superficialmente. Es innegable que hemos usado la máquina, que hemos ambos consumido energía, que hemos realizado una acción al escribir un texto en una pantalla, pero podemos deshacer el producto de la acción (no así los otros hechos). Esto nos permite perfeccionar y transformar la comunicación de la idea. Hemos creado un canal distinto, un canal en el que podemos volver atrás en el tiempo, en el que la información comunicada, transmitida, puede modificarse a cada momento, perfeccionarse, si se quiere, alterarse en propio o ajeno beneficio. Podemos ensayar múltiples formas de decir la misma cosa. Es esta la revolución, y no otra. Ya no es canal, sino torrente.

Y hablo del individuo por no hablar de la sociedad, o del conjunto de individuos con fines comunes (como el trabajo colaborativo, el fraude o la evangelización). El anonimato no es tal con la máquina: hubo un autor -o una suma de autores- que, aunque de incógnito, se remitió a la máquina para crear. ¿Crear qué? Cualquier idea comunicable, transmisible, traducible del humano a la máquina y de vuelta al humano. Podemos, pues, crear otras cosas, formas distintas de comunicar las mismas ideas; podemos sumar a un método otro, y otro más, y así hasta redondear el círculo para haber dicho lo mismo de múltiples formas. Redunde esto en mayor conocimiento o no, lo que sí es posible es que llegue a más humanos al otro lado de otras pantallas.

Lo que nos permite la máquina, lo podrá deshacer el hombre.

Que revolucionemos el canal no nos hace más modernos.

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Acerca de David Domínguez Herbón

Soy el que se la pasa hablando por teléfono con las taquilleras del Metro. Cuando me aburren, tuiteo. @herdado #RedHD #AFEHC #filosUNAM
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