Memoria colectiva y humanidades digitales

 Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra (1969)  
 

En nuestro siglo, tanto a nivel personal como colectivo, la memoria constituye una obsesión. En los últimos años hemos sido testigos de la infinidad de discusiones en torno a sus límites, su objeto, sus funciones, su construcción, sus detentadores. Simultáneamente, a partir del desarrollo tecnológico, estamos asistiendo a una revolución en torno a nuevas formas de conservación, de registro y de rescate de las huellas del pasado. En un espacio global cubierto por las redes mediáticas, asistimos a la puesta en escena de la memoria como noticia, como espectáculo, como mercancía, como objeto del deseo. Estamos asistiendo a un momento histórico en que la humanidad tiene obsesión por recordar y pánico de olvidar: escarbar en la historia, rescatar lo perdido, registrarlo, fijarlo por temor a que desaparezca. ¿Por qué la memoria se ha convertido en uno de los problemas cruciales del mundo en nuestros días?

La respuesta tiene que ver con hechos históricos, políticos, económicos y culturales: la desintegración del Bloque del Este y la consecuente reconfiguración política, geográfica e histórica de los estados nacionales, los conflictos étnicos, la creación de la Unión Europea, la globalización económica y cultural, los sistemas dictatoriales, las nuevas guerras, el terrorismo y el fenómeno migratorio, que han alterado la fisonomía del mundo y de las maneras de ser en el mundo.

La creciente popularidad de los estudios sobre la memoria puede convertirse en una coyuntura sumamente favorable para el desarrollo de las humanidades digitales. En el contexto del mundo contemporáneo, las posibilidades de transmisión y conservación de la memoria se han multiplicado gracias a la tecnología. Esos avances resultan fundamentales en la consolidación de las diversas iniciativas para codificar, registrar y recuperar la memoria social.

La memoria es una construcción significante de carácter dinámico, intersubjetivo, plural y multidimensional que se afianza a través de la colectividad. La memoria colectiva de una comunidad es el mecanismo fundamental de la producción y reproducción cultural. La memoria puede comprenderse a partir de su capacidad de generación de productos culturales y en tanto praxis social que permite la creación, reproducción y conservación de esas formas materiales e inmateriales de la cultura. Por tanto, las formas de producción, conservación y transmisión de la memoria tienen un carácter múltiple en las que es posible identificar, por una parte, los procesos que tienen que ver con la construcción y reconstrucción de la memoria; y, por otra, los soportes y los productos (textuales, visuales, orales, sonoros, multimediales, etc.) que van a ser resultado de esos procesos. Las prácticas cotidianas, los espacios, los objetos, las historias, los medios, pueden constituirse en mecanismos de generación y reproducción de la memoria cultural.

Aunque es cierto que el término de memoria colectiva acuñado originalmente por Maurice Halbwachs en 1925 ha sido objeto de crítica por el hecho de que pareciera representar una abstracción o una metáfora, ciertamente es un término útil para explicar el fenómeno concreto en que los individuos poseen, reproducen y transmiten un conjunto de representaciones compartidas. Los individuos recuerdan como parte de un grupo y es esa pertenencia la que sostiene el recuerdo o el olvido. La existencia de grupos diversos supone también memorias múltiples que distinguen a esos grupos y a las instituciones de una sociedad particular. Puesto que los intereses de los grupos no son semejantes y las diferencias de poder privilegian ciertas memorias por encima de otras (al igual que ciertos olvidos), las memorias colectivas de una sociedad pueden ser dominantes, marginales, divergentes o contrapuestas.

Resulta necesario considerar que las estrategias para la consolidación de la memoria colectiva no dependen únicamente de los sujetos individuales ni de las comunidades, sino de decisiones institucionales, gubernamentales que responden a intereses políticos e ideológicos concretos. Es en este punto donde las humanidades digitales pueden facilitar los procesos de registro, conservación y recuperación de las diversas memorias de la cultura, a partir de políticas públicas que fomenten el desarrollo de proyectos relacionados con las múltiples manifestaciones del patrimonio de las comunidades.

El reto consiste en que las instituciones en todos los niveles (universidades, organismos internacionales, Estado, etc.) tomen conciencia de la relevancia que reviste para la sociedad garantizar los procesos de registro, conservación y difusión de las memorias de la colectividad, como una estrategia fundamental para la la creatividad de la cultura, la construcción de la identidad, la revaloración de la historia y el rescate de las memorias excluidas u olvidadas.

@paolaricaurte

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