Lectura en medios digitales: Apuntes sobre nuevas perspectivas

Que la lectura es un proceso invaluable para la difusión de la información y un medio que lleva mayor aprendizaje de ninguna forma está en debate. No obstante, muchas visiones en conflicto cuestionan la forma, medio y los materiales propicios para la lectura sobre todo cuando se añaden a la discusión los medios digitales. En gran medida, gracias a campañas internacionales de alfabetización la lectura ha adquirido un estatus de ideal y valor del mundo democrático y liberal como podemos ver en los documentos redactados por UNESCO “esencial para vivir en una sociedad moderna […] y clave para lograr metas de desarrollo, sean estas mejor nutrición y salud, mayor productividad y reducción de la pobreza, aumento en la participación política, concienciación de los pobres, empoderamiento de las mujeres o sensibilización sobre problemas ambientales (11 mi traducción). Este concepto de lectura educativa está recargado de implicaciones de, básicamente, todo lo que es bueno y humano en el mundo. Siendo una ávida lectora, aunque esto no me parece necesariamente negativo, sí me parece problemático, ya que asocia la tecnología del lenguaje escrito y el proceso cognitivo que la acompaña con valores éticos que inevitablemente han desembocado en una noción prescriptiva de qué y cómo leer e, incluso establecido una correlación entre proceso y medio con contenido. Esto, por desgracia, también ha revivido los fantasmas de la alta y baja cultura, con su equivalente de lectura profunda y superficial según el medio en el que se realiza como hemos visto en La civilización del espectáculo de Vargas Llosa.

A partir de la popularización del internet — pero, en realidad, mucho antes con la televisión y los juegos de video — en el último par de décadas se han multiplicado las preocupaciones sobre la pérdida de la lectura y con ella de la cultura como en Gutenberg’s Elegies (1997) de Sven Birkerts y, más agresivamente, en The Dumbest Generation: How the Digital Age Stupefies Young Americans and Jeopardizes Our Future (2009) de Mark Bauerlein, entre otros. Las mayoría de las defensas de la lectura profunda y en medios impresos tienen su base en la oposición a las tecnologías que ofrecen nuevos medios para realizarla. Hasta ahora los resultados ampliamente citados de los estudios comisionados por el National Endowment for the Arts en Estados Unidos en 2004 y 2007 han sido, más que nada, negativos y demuestran que las tasas de lectura (literaria) han bajado y la comprensión de lectura también ha tenido un declive. La directora del proyecto, Dana Gioia ha visto una correlación causal entre el alza en la lectura en medios digitales y la baja calidad del desempeño de los lectores. Aunque ya muchos han señalado el sesgo que reside en el fondo de dichos estudios, sobre todo la ausencia de una medida de lectura digital y una reconceptualización de lo que constituye un texto, el sentimiento de desconfianza prevalece tanto en círculos académicos y educativos como en porciones de la población general.

Las historias recientes de los medios de publicación, la educación y la literatura ofrecen componentes de lo que consideramos convencionalmente lectura; como lo señala Isabel Galina, “nuestra forma de leer está acostumbrada y acoplada a lo impreso en papel” (12). Además, nuestro concepto de qué es leer está todavía en gran medida asociado a la noción de texto impreso que ha pasado por un proceso de edición; es decir, un método de selección y autorización. Como ya sabemos, las tecnologías digitales de producción, publicación y recepción han desestabilizado principios básicos y convencionales de estas actividades. La industria editorial, por ejemplo, lo ha resentido sobre todo como una amenaza comercial; y la única respuesta viable es, como bien señala Galina, “revolucionar nuestra forma de escribir y leer para poder aprovechar este nuevo formato” (12). Sin duda, fomentar la lectura y asegurar la competencia lectora debe ser una preocupación de todos. Por lo tanto, más que ver en las plataformas digitales una fuerza invasora podemos apreciar una oportunidad para repensar qué se encuentra por debajo de un concepto complejo como la lectura y fortalecer la forma en la que aprendemos y enseñamos a leer tanto en plataformas digitales como en los formatos impresos. Dos de las muchas dimensiones con las cuales se puede abordar el problema de la lectura en formato digital de forma innovadora son, por un lado, la teoría del reciclaje neuronal proveniente de los estudios neurocognitivos y, por el otro la redefinición de texto en el contexto digital a partes iguales estudio de medios y teoría literaria. Ambos son temas muy amplios y, por lo tanto, apenas ebozaré algunas de los preceptos más básicos que podemos comenzar a considerar de ellos.

Recientes investigaciones lidereadas por Stanislás Dehaene sobre las bases neurocognitivas de la lectura han propuesto la llamada “teoría del reciclaje neuronal”. El eje central de dicha teoría es que secciones del cerebro originalmente evolucionadas para funciones dadas son adquieren una nueva función al momento que aprendemos a leer. Esta teoría está basada en una idea de mayor envergadura: la plasticidad neuronal, es decir, la capacidad cambiante de nuestro cerebro para lidiar con problemas o retos no encontrados antes y a los que debemos responder y adaptarnos. Dos sucesos de la teoría del reciclaje neuronal en la lectura me parecen paradigmáticos. El primero, la forma en la que el el giro temporal inferior, al que Stanislás Dehaene llama “la caja de letras”, cuya función básica es el reconocimiento de objetos y rostros es reestructurado y alterado para distinguir específicamente los caracteres escritos cuando aprendemos a leer. Las mismas investigaciones han dejado ver que las alteraciones y secciones involucradas pueden variar ligeramente dependiendo al alfabeto en el que se aprende a leer (los caracteres chinos y el alfabeto latino, por ejemplo) y la espacialidad de la lectoescritura (izquierda a derecha, arriba hacia abajo, etc.). Otro gran cambio que sucede en nuestro cerebro cuando aprendemos a leer es el establecimiento de conexiones que permiten asociar la parte “sonora” a su equivalente en caracter escrito. Una cosa es clara, el cerebro – nuestra mente – nunca es la misma después de aprender a leer.

Estos estudios implican que las alteraciones neuronales dependen del medio del lenguaje escrito (el alfabeto), al mismo tiempo que el lenguaje escrito se ha desarrollado dentro de los confines de nuestra arquitectura cerebral. La coevolución de la lectura y la tecnología es el tema central de How We Think: Digital Media and Contemporary Technogenesis de Katherine Hayles en el que la académica estadunidense describe el ciclo por medio del cual desarrollos tecnológicos surgen del nicho de nuestras capacidades cognitivas a la vez que ejercen un efecto sobre ellas mismas favoreciendo que el ciclo continúe. Los desarrollos tecnológicos son, entonces, soluciones temporales a problemas o necesidades que continuarán favoreciendo nuevos desarrollos. Las tecnologías digitales de producción, publicación y recepción vistas de esta forma están insertas en una historia mucho más larga que la del internet y, aunque actualmente aún no conocemos las implicaciones y efectos de dichas tecnologías, es el momento de explorar las cualidades dinámicas de la lectura que ha permitido su adaptación a nuevos medios desde la invención del lenguaje escrito de forma que ha persistido, si bien con las características propias de cada época. En otras palabras, enseñarnos a leer textos digitales. Esto me lleva al último punto, ¿Con qué nos encontramos cuando leemos un texto digital? ¿Cuáles son las características de nuestra época?

La redefinición de qué constituye un texto digital es a la vez muy compleja y totalmente evidente. Más allá de las cuestiones de materialidad, cuando nos encontramos con un texto digital estamos ante mucho más que solo texto — entendido como lenguaje escrito. Imágenes, videos y grabaciones que pueden o no ser interactivos son algunos de los otros componentes que pueblan un texto digital. La red de textos y otros medios asociados entre sí en el internet, la organización muchas veces inversa de las publicaciones (de la más nueva a la más vieja) y las conexiones con otros medios no necesariamente digitales son aspectos con los que lidiamos constantemente. La importancia de repensar una noción de texto digital no es solamente teórica; idealmente también nos llevará a replantear qué constituye la lectura, cómo se enseña y aprende pero ahora, considerando las carácterísticas que ha adquirido a partir de las nuevas plataformas. Todos los elementos que encontramos en una pantalla, deben ser parte de una idea de texto en la era digital y, seguramente lo son ya en nuestra práctica diaria de navegar en internet y, de otra forma, al leer un libro electrónico. Aunque no es algo que seamos capaces de notar, nuestras mentes están aprendiendo a leerlos incorporando sus componentes de alguna forma aún desconocida y no necesariamente similar a cómo leemos un libro impreso. De hecho, es posible que muchas de las dificultades que podemos experimentar cuando leemos textos digitales, a escala individual o como grupo, sean análogas a las dificultades de haber aprendido a leer en la infancia. La necesidad de repensar estas nociones nos permitirá debatir la supuesta negatividad de los medios digitales sobre la lectura y proponer teorías más sólidas sobre la alfabetización en la era digital como lo sugiere Maryanne Wolf considerando la flexibilidad de nuestras propias capacidades neuronales para desarrollar técnicas que consideren tanto plataformas digitales como impresas.

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