Hacer del campo una red: Kathleen Fitzpatrick

Kathleen Fitzpatrick en la convención de la MLA 2012. Foto © Modern Language Association

Kathleen Fitzpatrick en la convención de la MLA 2012. Foto © Modern Language Association

  • El otro día estaba haciendo unas notas sobre el significado de una red de humanistas digitales para mi primera colaboración con este sitio. Apuntaba en mi cuaderno ideas sueltas sobre los debates recientes alrededor de la necesidad o no de continuar discutiendo lo que significa la frase “humanidades digitales” y sobre cómo la actividad académica se beneficiaba de la actividad en red, cuando leí este texto recién publicado por Kathleen Fitzpatrick, titulado en inglés “Networking the Field” . Este texto fue su participación en el foro presidencial de la convención de la MLA de este año, que tuvo lugar en Seattle, Washington. Este foro de la convención tuvo el título de “Lengua, literatura, aprendizaje [PDF].  Fitzpatrick es actualmente la directora de comunicaciones académicas de la Modern Language Association, y es autora de Planned Obsolescence: Publishing, Technology, and the Future of the Academy (NYU Press, 2011) y  The Anxiety of Obsolescence: The American Novel in the Age of Television (Vanderbilt University Press, 2006).  He seguido sus últimos artículos y comentarios en línea con gran atención a través de su blog, sus proyectos en MediaCommons y su participación en Twitter. De la academia estadounidense y posiblemente global, la suya es una de las posiciones más innovadoras en lo que resepecta a proceso creativo, comunicaciones, publicación, arbitrio (peer review) y reconocimiento académicos (por ejemplo a través de la plataforma CommentPress). Así que decidí dedicar esta mi primera entrega para la RedHD traduciendo al español este texto. La frase “Networking the Field” es difícil de traducir a nuestro idioma, pero opté por la expresión  “Hacer del campo una red”, intentando emular las implicaciones de actividad continua del participio presente, y así respetar la métafora de “trabajar el campo” (working the field). “El campo” aquí se refiere por supuesto a la disciplina académica, en este caso al estudio de la lengua y la literatura y áreas del conocimiento afines. El Diccionario de la Real Academia Española indica que la etimología de “campo” proviene del Latín campus, “terreno llano, campo de batalla”, y “disciplina”, su alternativa en este caso, carece de estas connotaciones. Por otro lado, a diferencia del inglés, el español no tiene un verbo único similar a “to network” (hacer red; conectar, relacionar, socializar, “hacer conectes”). Fue una elección consciente traducir “network” como “red”, que es la misma palabra con que traduje  “web”.  “Stage”, que significa tanto escenario como etapa en un proceso, traduje como “templete”, para intentar seguir la metáfora escénica/espacial, así como su relación con “template”, perteneciente al vernáculo técnico de los blogs. En lo que se pierde en la traducción quizá hallemos una primera reflexión: cómo hacer de la red académica no un sustantivo, sino una acción.

Hacer del campo una red

por Kathleen Fitzpatrick. Traducción al español de Ernesto Priego

Me da mucho gusto tener la oportunidad de hablar un poco el día de hoy sobre las formas en que las prácticas digitales de comunicación están transformando los campos de la lengua y la literatura. Estos cambios son, por supuesto, el tema central de mi libro, Planned Obsolescence, que acaba de publicar la Universidad de Nueva York, así como el corazón del trabajo que hago en la nueva oficina de comunicación académica de la MLA, donde estamos explorando a qué grado la publicación digital y los nuevos medios sociales están afectando las formas en que realizamos e intercambiamos nuestro trabajo como investigadores y profesores. Una advertencia: suelo describir mi rol dentro de la organización -medio en broma- como el de “evangelista en jefe de transformación”, y así lo que estoy presentando hoy es considerablemente más polémico que orientado hacia la investigación. El punto principal es éste: nuestra profesión ya es completamente digital.  Lo que nos queda es ponernos al corriente con lo que significa la digitalidad, y cómo es que la digitalidad transmite significados.

Abundan los temores sobre los efectos de lo digital: demasiadas veces se da por sentado que las tecnologías que nos permiten comunicarnos fácilmente están causando el deterioro de nuestras propias habilidades comunicativas. Hay poco de nuevo en esto; cualquier teórico de los medios que se enfrente con una narrativa sobre los efectos nocivos de los nuevos modos de comunicación nos referirá gustoso a Platón sobre el “olvido” que la tecnología de la escritura produciría en las almas de quienes la practicaban, o incluso a Alexander Pope y su idea de la imprenta como un “flagelo” de las almas educadas. Siempre ha sido así: las nuevas tecnologías se han imaginado perenemente no sólo como el enemigo de los sistemas establecidos sino, de hecho, como una amenaza directa a la esencia de lo humano. De manera similar, los cambios en la lengua siempre se toman como un deterioro. Los mensajes de texto de hoy están socabando la ortografía y la gramática, y Twitter está reemplazando el pensamiento crítico con citas citables. Y todo mundo sabe que los jóvenes de hoy se están graduando de las universidades sin saber escribir.

Hay, como siempre lo hay, algo de verdad en estos temores. Las formas en que nuestros alumnos conocen, así como las formas en que se comunican, están en flujo total- al igual que las nuestras. Pero, como también es cierto, un enfoque demasiado cercano al cambio que nos causa tanto miedo nos puede hacer ignorar otras cosas que también están pasando. Estos puntos ciegos se revelan, por ejemplo, en el reporte del 2004 del National Endowment for the Arts, titulado “La lectura en peligro”, y que notoriamente propuso “una evaluación detallada pero sombría de la disminución del papel de la lectura en la cultura de la nación”,  presentando estadísticas convincentes que señalaban que “[por] primera vez en la historia moderna, menos de la mitad de la población adulta actual lee literatura, y estas tendencias reflejan un mayor descenso en otros tipos de lectura (vii). Las conclusiones del informe subrayan una serie de temores convencionales sobre el panorama actual de los medios: la disminución de la lectura revelada por el informe no es sólo un cambio de valor neutral en las formas de consumo de información, sino más bien “una inminente crisis cultural” ( xiii), dados los vínculos que el informe establece entre la lectura literaria y formas de ciudadanía activa, esenciales para una democracia saludable. El informe se cuida de precisar que “no hay ninguna actividad singular que sea responsable por la disminución de la práctica de la lectura”, pero sostiene con fuerza que las diversas formas de medios de comunicación electrónica, incluyendo la televisión, los videojuegos y el Internet, han jugado un papel importante en su disminución.

En todo caso, tal es la sabiduría convencional que el NEA la revisó y reafirmó en su siguiente reporte, del 2007, titulado “Leer o no leer”. Pero esa evidencia, aparentemente abrumadora, de la disminución de la lectura en la vida estadounidense podría correr el riesgo de cegarnos a las indicaciones de continua proliferación de la cultura literaria, incluido el creciente número de dispositivos, plataformas y servicios a través de los cuales podemos leer hoy en día. El campo de lo literario sigue creciendo, aunque sus formas estén cambiando de una manera que le puede hacer más difícil de reconocer y más difícil de entender. Incluso el NEA por fin ha comenzado a reconocer esta difusión de las formas que la literatura ha tenido en la vida contemporánea de los Estados Unidos: en su reporte del 2009, titulado “La lectura a la alza”, la agencia señaló que una gran parte de la lectura sucede en línea, aunque quedó muy lejos de admitir que la lectura digital tuviera el mismo valor que la lectura de libros.

Esta admisión llega casi al concluir la primera década del siglo 21 y 15 años después de la popularización del Internet. Este reconocimiento extremadamente tardío de que la lectura en línea es de hecho lectura algo revela sobre el fracaso del pensamiento convencional para entender los cambios en la alfabetidad de la era digital. Este fracaso se puede observar en “La lectura en peligro”, que dentro de todo el pánico apunta pero evita dar cuenta de un dato curioso: “contrariamente a la disminución general de la lectura literaria”, señala el informe,

el número de personas haciendo escritura creativa – de cualquier género, no obras exclusivamente literarias – aumentó sustancialmente entre 1982 y 2002. En 1982, cerca de 11 millones de personas realizaron algún tipo de escritura creativa. En 2002, este número había aumentado a casi 15 millones de personas (mayores de 18 años), un aumento de alrededor del 30 por ciento (22).

En otras palabras, incluso antes de la difusión de los blogs y Facebook y Twitter y Tumblr, más personas en los Estados Unidos estaban escribiendo más que nunca antes – y las oportunidades para tal escritura, y para compartir esta escritura con otros, simplemente han crecido exponencialmente desde el año 2002.

Dada esta explosión, yo diría que el reto al que nos enfrentamos hoy en nuestro encuentro con el futuro digital de nuestros campos no proviene de una cultura mediática o de una población estudiantil que se niega a escribir. Más bien yo diría que el reto radica en la necesidad de reconocer que las formas de escritura a la que muchos se dedican hoy en día es de hecho escritura, y en averiguar cómo podemos poner esas formas de escritura a trabajar para nosotros, en lugar de descartarlas como inherentemente frívolas y degradadas.  Hoy en día muchos profesores encaran en sus aulas este reto, experimentando con blogs individuales y colectivos, con Twitter y con otras formas de comunicación social o en red, con frecuencia con gran éxito. Estos modos de trabajo con la escritura en línea a menudo sirven para dar a los estudiantes un sentido del público, de la escritura como un acto de comunicación e intercambio críticos, que supera con mucho el producido por el trabajo de investigación. En línea, sus palabras están sujetas no sólo al escrutinio de un solo evaluador, sino al de un grupo más amplio de lectores comprometidos con pensar en las mismas preguntas. Sin embargo, por formal o informal que nos pueda parecer el lugar de la escritura en comparación con el trabajo de investigación con formato del MLA, el acto de comunicarse en forma permanente con un público más amplio -la práctica continua del arte de tomar una posición, presentar evidencia, con la participación de argumentos en contra – o, francamente, simplemente el arte de ser interesante y divertido – sólo puede ayudar a producir mejores escritores y pensadores más claros, en cualquier foro.

Esto parece bastante obvio. Sin embargo, la necesidad de entender estos nuevos medios, a menudo menos que formales, de escritura en red como escritura se aplica por igual a nosotros y a nuestro propio trabajo. El horror con que se recibe la idea de tomar en serio un blog como un locus de escritura académica – o incluso, la idea de tomar en serio a Twitter como una forma de comunicación académica – revela una incomprensión profunda de la naturaleza de estos medios: lo que son y lo que se puede hacer con ellos. La oposición típica a aceptar a Twitter como una herramienta académica sugiere que no se puede hacer ningún argumento serio en 140 caracteres, y hay por supuesto una verdad auténtica en eso. Pero ese rechazo revela una falta de comprensión de las formas en que los académicos usan Twitter hoy en día, y las cosas que sí se pueden hacer en 140 caracteres: los académicos comparten vínculos a piezas más largas de escritura, participan en conversaciones complejas en tiempo real con muchos colegas y a lo largo de varios tweets, y más que nada, tal vez, crean un sentido de comunidad. Esta comunidad es solícita tanto para dar felicitaciones como condolencias, y está ansiosa por compartir chistes y memes, pero también está dispuesta a debatir, discutir y estar en desacuerdo. Más que nada, está dispuesta a leer – no es sólo una comunidad de amigos sino una comunidad de académicos, un público para el trabajo más extenso con el que sus miembros están comprometidos.

Y hay que reconocer que parte de ese trabajo más extenso ya está teniendo lugar no en libros y revistas, sino en blogs. Hoy en día muchos académicos están publicando fragmentos significativos de su escritura en espacios informales en línea, ya sea como medio de obtener retroalimentación sobre su trabajo en progreso o como un canal alternativo a través del cual un autor puede llegar a un público de manera más rápida y directa. Puede que un trabajo no se pueda publicar en un blog – puede haber ocasiones en que un académico se beneficie del formato del artículo de revista o de la disciplina del libro -, pero que el blog no lo sea todo no significa que no sea nada. Es un modo de comunicación, de establecer una conexión con el público, que debe ser tomado en serio en sus propios términos. El blog no ha sido sólo un foro en el que uno se puede quejar de las dificultades de la vida cotidiana. Sea lo que sea que el prejuicio típico pueda sugerir, el blog ofrece un escenario en el que los académicos pueden trabajar sus ideas en un proceso continuo de relación con sus colegas. Esa metáfora espacial – el escenario – es esencial aquí:  para comprender realmente cómo algo como un blog puede servir para la comunicación académica es necesario comprender que un blog no es una forma, sino una plataforma: el blog no es una forma mediante la cual se producen ciertos tipos fijos de material, sino un templete en que materiales de muchas variedades diferentes – de diferentes extensiones, temporalidades y mediaciones – se pueden presentar.

No dudo que muchos académicos experimenten una especie de horror reflexivo ante la posibilidad que todo mundo tenga su propia plataforma o canal, si se prefiere una metáfora de difusión mediática. Ya todos tenemos demasiado de qué mantenernos al tanto para que todo el mundo tenga la libertad de publicar lo primero que les pase por la cabeza. Pero imaginemos por un momento lo que nuestra vida como escritores podría ser si cada uno tuviéramos nuestra propia plataforma para escribir. ¿Qué tal si nos pudiéramos suscribir a un académico en particular, para poder seguir su trabajo a lo largo del tiempo y discutir con él? ¿Qué tal si este académico también siguiera tu trabajo, y las conversaciones que tuvieran sobre su trabajo en común produjeran nuevos proyectos colaborativos? ¿Qué pasaría si otros académicos pudieran seguir las conversaciones mientras suceden, proporcionando información adicional mientras trabajan? ¿Qué pasaría si esas conversaciones produjeran una comunidad de académicos en la que que pudieras confiar, una comunidad que sabes te avisará de nuevos trabajos de nuevos académicos a los que deberías prestar atención? ¿Qué pasaría si las comunidades de académicos de este tipo fueran capaces de decirse las unas a las otras el equivalente académico de “oye, tengo un baúl de disfraces, y podemos usar el granero de mi tío: por qué no montamos una obra?” ¿Qué tipo de actuaciones se podrían presentar en una plataforma de comunicación flexible y dinámica?

Por supuesto, hay mejores y peores maneras de utilizar todas estas plataformas para escribir. Hay cuentas insulsas de Twitter, y hay malos blogs- al igual que nunca ha habido, si es que estamos dispuestos a admitirlo, escasez de artículos de revistas sin sentido y  libros malos. La diferencia es que en la época de la imprenta, en que se controlaba el acceso a las plataformas de publicación, los académicos llegaron a relacionar el reconocimiento con el momento de la publicación. El hecho de que existiera un texto significaba que alguien en algún lugar pensó que merecía leerse. En la época de las plataformas abiertas, el reconocimiento ya no está asociado con la publicación, sino con la recepción, con la respuesta producida por una comunidad de lectores. Para poder tomar el trabajo que se realiza en la red en serio, en sus propios términos, tenemos que entender cómo es que las comunidades de académicos se involucran mutuamente en estas plataformas, cómo es que responden a las obras allí publicadas, y cómo es que esas respuestas generan más y mejores obras. Lo que sabemos que es cierto de nuestros estudiantes es también cierto de nosotros mismos: nuestro trabajo mejora con la práctica, ya que más comunicación informal de los unos con los otros conduce a  comunicación formal más significativa, y un público más amplio conduce a mayores encuentros serios con los lectores y otros autores y mejor retroalimentación.

Ese público más amplio es al mismo tiempo un aspecto crucial de las plataformas de publicación abierta de la red y un componente clave del nerviosismo que causan en muchos académicos. Plataformas abiertas como los blogs y Twitter permiten que el trabajo académico llegue a un público lector más amplio, pero también facilitan que el público en general pueda responder, un prospecto que puede causar bastante ansiedad – no menos en nosotros que en nuestros estudiantes. Pero si la crisis que ha asolado a la publicación académica en las últimas décadas – por no hablar de la ostensible crisis que muchos expertos han notado en las humanidades en general en nuestros días – ha  sido en cierto sentido producida por el público relativamente pequeño que ha tenido nuestro trabajo, entonces hacer ese trabajo a cielo abierto, donde se pueda ver, es un paso crucial. Si nos acercamos a un público más amplio, mediante el fomento del intercambio intelectual con lectores y escritores más allá de la academia, tenemos el potencial no sólo para ayudar a nuestro propio trabajo en sí mismo, sino para ayudar a la academia de una manera más amplia en sus intentos por comunicar su importancia para la sociedad contemporánea. Si somos lo suficientemente valientes como para relacionarnos directamente con el público, podríamos tener la oportunidad de demostrar un poco más qué es lo que hacemos y por qué lo que hacemos es importante.

Este tipo de comunicación requiere de una plataforma abierta, y requiere de una apertura para hablar un idioma con el que un público medianamente educado pueda relacionarse. Y aquí podríamos empezar a ver al acecho una versión de las preocupaciones expresadas sobre los efectos degradantes de los mensajes de texto en las habilidades de escritura de los adolescentes: ¿está la red destinada a simplificar todo a su mínima expresión? Un blog académico, ¿está inevitablemente destinado a volverse academia light? Por supuesto que no. Pero de la misma manera que la escritura en una plataforma en red tiene el potencial para hacer que nuestros estudiantes se pongan a pensar seriamente en el público, también presenta el mismo potencial para nosotros: todos deberíamos ponernos a pensar en el público – a qué lectores queremos llegar, cuándo y por qué. Hay un tiempo y un lugar para el lenguaje altamente técnico, para la dificultad, y hay también un tiempo y un lugar para atraer a más lectores comunes y corrientes a nuestras discusiones. Al igual que nuestros estudiantes de hoy, tenemos que tener fluidez en múltiples lenguas vernáculas, y tenemos que ser capaces de traducir nuestras ideas a través de ellas.

Hacer del campo una red, conectando a los académicos y su trabajo a través de plataformas digitales, tendrá sin duda algunos efectos: trastornará nuestras ideas de cómo se crea el reconocimiento, alterará nuestro sentido de cuándo es apropiado hacer público un nuevo proyecto, transformará las formas en que tradicionalmente nos hemos relacionado los unos con los otros. Pero para que estos trastornos sean tan productivos como sea posible se requiere liberarnos de los temores que nos producen,  que entendamos que la comunicación académica a través de estas nuevas plataformas es de hecho comunicación académica, y que permitamos que estas nuevas plataformas nos enseñen nuevas formas de leer y escribir juntos, a cielo abierto.

Traducido y publicado con el amable permiso de Kathleen Fitzpatrick.
Licencia Creative Commons
Hacer del campo una red por Ernesto Priego (nota introductoria y traducción al español del texto de Kathleen Fitzpatrick, texto original en inglés); se comparte bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.
Basada en una obra en www.plannedobsolescence.net/blog/networking-the-field/.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://www.plannedobsolescence.net/ .

Acerca de Ernesto Priego

Ernesto Priego es licenciado en literatura inglesa, maestro en teoría crítica/estudios culturales y doctor en ciencias de la información/humanidades digitales. Es académico de tiempo completo en el área de Human Computer Interaction Design y fundador y editor en jefe de The Comics Grid: Journal of Comics Scholarship, revista académica publicada por la Open Library of Humanities.
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2 respuestas a Hacer del campo una red: Kathleen Fitzpatrick

  1. Pingback: What’s New at University of Venus? 21 January 2012 « University of Venus

  2. Ciertamente el mundo de la comunicación ha cambiado. Es necesario reflexionar en la forma y dimensión que los medios digitales son ya un componente de nuestra vida.
    Gracias por su artículo

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