En las últimas décadas y casi de manera natural –el adjetivo es por supuesto, impropio, pero expresa bien lo que quiero decir- los humanistas comenzamos a tener productos digitales. Sin que nos diéramos cuenta plenamente, iniciamos generando archivos de texto y pequeñas bases de datos –muchas producidas casi por accidente, por la mera acumulación de archivos digitales-, que no valoramos como productos académicos, porque éstos seguían estando mas allá de la pantalla, en un libro, una revista o una sesión de estudio.

El salto a la elaboración de productos y proyectos digitales como resultado final de la investigación humanística tendría que haberse dado como resultado de una evolución natural en el uso de los equipos de cómputo dentro de las humanidades. Sin embargo, esto último no ha ocurrido de manera tan natural como podría pensarse. A pesar de lo sencillo que es hoy desarrollar productos digitales: archivos de texto, bases de datos, clasificaciones y ontologías, blogs, sitios web, por solo hablar de los más elementales, estos no son valorados aun plenamente como productos académicos. Y una de las razones, que no es la única, pero su una de las de más peso, es la inexistencia de criterios académicos de evaluación de estos productos.

En semanas recientes, la Red de Humanidades Digitales reunió un grupo de trabajo para discutir algunos criterios de evaluación y lineamientos generales para la valoración académica de los productos digitales. La discusión fue muy intensa, pues nos enfrentamos de manera inicial con un problema complejo: la heterogeneidad de los proyectos dentro de las humanidades digitales. ¿Cómo evaluar un campo tan diverso y tan amplio en que concurren muchas áreas y muchas tecnologías? ¿Cómo generar criterios comunes para una publicación académica, que para la generación de una base de datos, una representación arquitectónica en 3D o un sistema de recolección de datos?

Para todos fue claro que establecer criterios de evaluación tendría que hacerse en dos niveles. Uno muy general, que en realidad sólo podría proponer un conjunto de buenas prácticas y otro más puntual, dentro del ámbito de la especialidad de cada uno de los proyectos.

A pesar de ser generales, esas recomendaciones –en las que todavía se trabaja-, son un paso necesario para establecer estándares de calidad académica de los productos. Son un elemento crucial para pasar de una etapa de proyectos individuales en que cada quién inventaba el hilo negro, a la producción de proyectos dentro de una comunidad que puede reconocerlos como tales.

Ernesto Priani Saisó